domingo, 8 de septiembre de 2013

Praxis educativa. 6: somos nosotros

   Y cuando digo "nosotros" me refiero a los profesores. ¿Y qué es -os preguntaréis- lo que somos nosotros? Pues tal vez los mayores culpables del actual desastre educativo, al hacer algunas cosas que son las que más lo alimentan, unas cosas que tienen que ver con la evaluación -de hecho, su escenario habitual son las juntas de evaluación- y que, ciertamente, se hacen bajo la tremenda presión por el aprobado que fomenta el actual sistema, pero que en realidad no estamos obligados a hacerlas, y de hecho algunos profesores -ya no me atrevo a decir que bastantes- no las hacemos: ceder a la presión no es obligatorio, se hace o no en función de la personalidad de cada cual. Las cosas de las que hablo me figuro que ya os imaginaréis cuáles son: poner el aprobado demasiado fácil, o regalarlo, o ponérselo a alguien que estaba suspenso, o, incluso, a base de juntar todas estas cosas, regalar títulos (particularmente, el de graduado en ESO), cosa gravísima, porque los títulos no deben regalarse. Y este tipo de cosas se  van haciendo a lo largo de todo el curso, pero el momento en que se culminan son las juntas de evaluación, especialmente, las juntas finales. A propósito de estas, escribí hace algún tiempo un relato de 66 páginas (a letra 14) que retrata las enormidades a que se puede llegar en ellas. Si alguno quiere leerlo, que me lo pida a esta dirección: repmejor@gmail.com y se lo mando por correo electrónico, gratis y sin compromiso, por gentileza del guachimán.
   El detonante de este artículo es lo que nos contó ayer un colega en una cena de amigos. Este compañero ha dado clase durante el curso recién terminado a un par de grupos de cuarto bastante malos y estaba escandalizado y a la vez indignado con lo que había presenciado en las juntas de evaluación de septiembre. Como el rendimiento de esos alumnos desde el principio de curso había sido muy bajo, se empezó ya con la capitulación de rebajar mucho el nivel de exigencia, pero, aun así, a los recientes exámenes de septiembre tuvieron que acudir más o menos el 80% de los alumnos, algunos de ellos, con muchas asignaturas. Como ya se sabe, los exámenes de septiembre son de una facilidad sonrojante, pero ni por esas: sus alumnos, que no habían estudiado durante el curso, tampoco se molestaron en hacerlo durante el verano, con el resultado de que hubo también muchos suspensos en las pruebas de septiembre, las cuales, recalco, eran ya una rebaja sobre otra rebaja. Esto hubiera representado una pequeña catástrofe, pero entonces se disparó lo que yo llamaría el efecto junta final, que multiplica su acción si esa junta es de septiembre y mucho más aún si es de cuarto, porque en cuarto... se obtiene el título de graduado en ESO, y al que no se haya molestado en ganárselo, hay que regalárselo: eso parece ser lo que impone el sistema y hay claros síntomas de que gran parte del profesorado lo ha acatado sin rechistar. Os cuento lo que nos explicó mi amigo, que en realidad refleja una situación muy generalizada.
   1.- Muchos de sus alumnos titularon con una o dos suspensas, cosa que la ley permite, de tal manera que, si habían suspendido tres o más en junio, estudiaron solo lo justo para "cazar" una o dos. Y lo consiguieron, si no todos, la mayoría. Este coladero legal se lo conocen muy bien los chicos desde hace mucho; ya en 1995, me ocurrió a mí mismo esta anécdota que lo demuestra y que he contado muchas veces. Era tutor de un grupo de 3º de ESO de resultados muy malos y en una clase tuve la torpeza de poner como ejemplo de posible repetidor a un alumno que llevaba cinco suspensas en las dos primeras evaluaciones. Entonces él, muy convencido, me dijo que no iba a repetir, y hasta me explicó el camino: de las cinco que tenía, dos eran difíciles y tres fáciles, así que, esforzándose un poco, sacaría en junio las tres fáciles y, como se podía pasar con dos (era aquella dorada época en que ni siquiera había exámenes de septiembre), no repetiría. Esto ocurrió en abril; en junio, en efecto, le di el boletín con solo una suspensa: la mía. Fue entonces cuando asumí eso que digo tantas veces de que la LOGSE ha fomentado un lamentable tipo de alumno: el alumno especulador; a base de aplicar el falso refuerzo positivo de hacer ver a los alumnos que se haría todo lo posible por ayudarles a aprobar, el sistema acabó muy pronto logrando que muchos de ellos dejaran de esforzarse, porque entendieron que en realidad podrían aprobar por caminos distintos al estudio, caminos tales como la especulación, la dosificación al máximo del esfuerzo, la observación de quién exigía más y quién menos para descartar desde el principio las asignaturas difíciles (total, podían pasar y hasta titular con ellas suspensas...), el esforzarse solo un poquitín y solo al final o el simular que lo hacían, el mandar a los papás a presionar o, en último caso, la reclamación, aunque uno hubiese sacado un 2 en el examen reclamado. Resulta así muy comprensible que la falta de estudio esté hoy tan generalizada: la planificación nada casual y muy deliberada de aquel alumno mío es hoy moneda muy común: ¿quién va a esforzarse en estudiar si puede aprobar pegándose la gran vida?
   2.- Pero aún hubo más -vuelvo a mi amigo-: con algunos alumnos que suspendían más de dos y, por tanto, después de pasarse un año zanganeando, debían repetir curso y no titulaban, de entre el propio profesorado, surgió la iniciativa para salvarlos a los pobrecillos, lo que se acabó haciendo mediante el procedimiento de que algún profesor se aviniese a aprobarle gratis et amore lo que le había suspendido. Esto tampoco es extraño: que un alumno entre a una junta con tres, cuatro o cinco suspensos y salga solo con dos, uno o ninguno es cosa habitual, lo que constituye un nuevo acicate para el no estudio: ¿quién va a tomarse las cosas mínimamente en serio si sabe que hay alguien dispuesto a arreglar sus estropicios?
   3.- El delirio ya llegó con uno de estos últimos alumnos. Suspendía tres, por lo que no obtenía el título de ESO. Alguien señaló entonces que, además, por tener ya 18 años, ese chico no podía repetir y otro alguien dijo que qué pena, porque tenía pensado ir a la universidad. Gran consternación en la sala, que mi amigo rompió haciendo notar que, si ese alumno estaba en esas circunstancias, debería haberse esforzado mucho más de lo poquísimo que lo había hecho, así que era absurdo que sus profesores se sintieran culpables, porque el único responsable, con -repito- dieciocho años, era él. Aun así, no hubo problema: alguien le aprobó su asignatura y lo dejó con solo dos suspensos, así que estamos de suerte: el pobre chaval obtendrá su título de graduado en ESO. Pero la cosa no se paró aquí. Entre los papelotes inútiles que hay que hacer en nuestro oficio, existe uno llamado consejo orientador, que es lo que la junta de evaluación recomienda a los alumnos que obtienen el título de ESO. Pues bien, a este chico se le aconsejó ¡ir a bachillerato!, a pesar de las observaciones de mi amigo acerca de que se le había regalado el título en ESO y de que, en realidad, por sus propios rendimientos, había sido incapaz de obtenerlo en los plazos previstos, que son generosos: ¿cómo, pues, el equipo de profesores de 4º de ESO le recomendaba hacer bachillerato? Era una flagrante incongruencia.
   ¿Entendéis ahora por qué digo que somos nosotros los culpables de lo que está pasando? En las juntas de evaluación de las que nos habló mi amigo, se dio el título de ESO a muchos alumnos que ni siquiera habían aprobado todas las asignaturas y a algunos, incluso, para conseguir esto, se les hubo de aprobar asignaturas que en realidad tenían suspensas. Y esto es una práctica generalizada. No solo es que, a poco que un grupo flojee, se le bajen los niveles; no solo es que, con respaldo legal, se pueda obtener el título de ESO con dos asignaturas suspensas: es que además, para muchos que aun así suspendan tres o incluso más, ya están ahí los profesores para poner el parche de regalarle un aprobadillo o los que haga falta para que titule. En tales circunstancias: ¿qué valor tendrá el título de graduado en ESO? Ninguno. ¿Qué podrá esperarse de la preparación con que salgan al mundo los así titulados? Poca cosa. Y todo eso en gran parte se deberá a decisiones equivocadas del profesorado.
   La evaluación y su resultado, que es la nota, son unas cosas muy importantes, por lo que tienen que ser muy trabajadas, muy ponderadas y muy certeras; suspender a un alumno que no lo merece es una grave injusticia, pero aprobar a un alumno que tampoco lo merece es una grave frivolidad. Nos guste o no nos guste, la nota es la piedra de toque de nuestro sistema educativo y lo que realmente interesa a los alumnos, ya que desde el más zángano al más aplicado lo que quieren todos es aprobar (aunque unos cuantos quieran además aprender), por lo que es una tremenda irresponsabilidad no administrar con justicia el aprobado y el suspenso. Por otra parte, que nadie piense que esos aprobados "caritativos" favorecen a nadie: no lo hacen ni siquiera con sus supuestos beneficiarios, porque les engañan al asegurarles que poseen una capacitación de la que carecen, lo cual les pasará factura más tarde o más temprano, y son además un fraude a la sociedad y un descrédito para el sistema. Y si podemos decir esto acerca de un aprobado regalado, ¿qué no se podrá decir acerca de un título? Es una responsabilidad muy grande la que manejamos en las juntas de evaluación, debemos administrarla muy en serio, y esto alcanza también a directores e inspectores, quienes deberían protegernos contra la presión por el aprobado, lo cual no es precisamente lo que suelen hacer.
   Otra gravísima consecuencia de estas prácticas, como ya he apuntado, es la degradación y devaluación de la enseñanza, porque lo que cuesta poco y es fácil de conseguir se valora poco y se acaba despreciando. Si el título de ESO se consigue sin hacer nada, el título de ESO se convierte en una porquería; si el sistema educativo es una farsa en la que da igual esforzarse que no hacer nada, porque al final todos obtienen el mismo título, el sistema educativo se percibe como una birria; si los profesores se menosprecian tanto a sí mismos y a sus calificaciones que son capaces de regalar alegremente cosas tan importantes como un aprobado o un título a alumnos que no han demostrado merecerlos o incluso han despreciado a enseñanzas y enseñantes, estos se acaban convirtiendo en unos peleles irrisorios. Nos quejamos de que los alumnos no respetan a los profesores; nos quejamos de que los alumnos no estudian; nos quejamos del bajo nivel de nuestros estudiantes, que alcanza ya a los escalones superiores del sistema, pero sucede que el respeto y la excelencia se ganan con rigor y quizás ni los profesores ni las autoridades educativas estén poniendo todo el que debieran, por no hablar de la sociedad, que exige una enseñanza de calidad, pero luego está más dispuesta a censurar al profesor que suspende a quien tiene que suspender que al padre que va a un instituto a presionar para que le den a su hijo un aprobado que no merece: ¿dónde queremos llegar en estas condiciones?
   Sé que he hablado muchas veces de esto, pero sigo haciéndolo porque es importante: quizás el mal más grave de nuestro sistema educativo, por ser el que le está quitando la eficacia y la credibilidad, sea el aprobado regalado, que siempre se complementa con la presión que se ejerce en su busca por parte de alumnos, padres, Administración y hasta sectores del profesorado. Pero que nadie se engañe: mientras los profesores cedan a esta presión y concedan aprobados inmerecidos, por muchas excusas y pamplinas en las que quieran ampararse, serán tan culpables del desastre como el que más. 

7 comentarios:

  1. Volvemos de nuevo con los mismos problemas, Pablo.
    Está bien que publiques estos escritos para que conozcan la situación quienes no trabajan en la enseñanza, porque los que estamos en ello lo conocemos de sobra desde hace años. Además lo que cuentas no sólo se da en las evaluaciones de 4º de ESO, sino en las de bachillerato, como bien sabes. Yo acabo de salir de una de 1º, donde se han dado situaciones parecidas a las que describes, y seré tutora de esos alumnos en el 2º que ahora va a comenzar y ya sé lo que me espera, en general a mí no me vendrán con tonterias (soy uno de los huesos más duros de roer del instituto) pero ya harán sus cambalaches y negociaciones, como también harán los de 4º de ESO, para que en mayo y en junio se produzca el "milagro".

    Por cierto para tu información y la de otros compañeros de trabajo: en esta taifa ya han desaparecido los exámenes de septiembre. El glorioso curso 2013-14 inaugura los "exámenes de septiembre" en julio.

    Seguiremos hablando. Tengo tareas de jardinería pendientes.

    Parece que puedo comentar desde Firefox de nuevo (tuve además averías en mi ordenador principla este verano) Tengo unos cuantos comentarios pendientes en este lugar (también me faltó tiempo hasta este misso sábado)

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  2. Lo de siempre con Valencia, Hesperetusa: los que tienen mayor corrupción, peor gestión y más deudas son los que encima se están permitiendo machacar más a la gente. Ya veremos qué pasa dentro de nada con Barberá, Camps y los dos Fabras. En cuanto a lo de las evaluaciones, creo que tú ya leíste ese relato mío, así que los dos sabemos que el otro conoce muy bien la comedia de las juntas. Luego está lo de las reclamaciones. Tras estos exámenes de septiembre, yo he tenido ¡once! Vino una niña a la que le había puesto un tres, pero tenía un 3'5 en el examen; al repasarlo, vio que podía haber sido un dos y medio. Algo parecido pasó con otros dos alumnos, uno de los cuales, aun después de ver ese panorama, me dijo que iba a pedir petición de revisión por el departamento; le dije que pensase en los errores que le había perdonado, los cuales, por supuesto, el departamento no le iba a perdonar, pero, aun así, reclamó. Cuando estábamos empezando la revisión, nos avisaron desde jefatura de estudios de que había retirado la petición de revisión. Los restantes "reclamantes" tenían exámenes de entre 1 y 2; uno de ellos (que, además, se había dejado sin presentar los trabajos de lectura) me acusaba en su reclamación de haberme puesto de acuerdo con una profesora de Matemáticas para cerrarle el paso: así estamos.

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  3. Hola, amigos,
    llevaba algún tiempo alejado de estas fuentes de disgusto. Pero como algo tengo de masoquista, vuelvo a beber de ellas. Sí, estoy muy de acuerdo en esto de que uno de los mayores culpables del desastre es el mismo profesorado. El problema es que llevamos mucho tiempo con la cantinela de que debemos "ganarnos la autoridad y el respeto del alumno", cuando lo que nos debería preocupar es que el respeto no nos lo falten a nosotros. En Corea hay un dicho que reza así: "al maestro no se le pisa ni la sombra". Igual que aquí, que lo único que no te pisan es la sombra, porque ahí no duele. Toda una ironía: al intentar ganarnos la autoridad, la perdemos. No hay autoridad sin distancia simbólica entre el educador y el educando, y aquí nos hemos dedicado a eliminar todas esas distancias con minucia de orfebre. Les pedimos a los alumnos que por favor nos tuteen. Eliminamos las tarimas de las clases. Nos sentamos con ellos en corro de las patatas como si fuéramos uno más. Les pedimos la opinión. Nos dejamos humillar en las resoluciones de conflictos, como si nuestra palabra valiera igual o menos que las de ellos. Nos mostramos piadosos con los sinvergüenzas y los vagos. Hacemos la vista gorda y espeso el oído ante los que revientan la clase todos los días. No permitimos que un suspenso los frustre... Lo extraño, amigos, es que sigan acudiendo a la escuela.
    Como te he dicho por correo, Pablo, los alumnos de Finlandia son los más callados y reservados del mundo. Aquí, los más bocazas, espontáneos e impertinentes. Que cada cual saque sus conclusiones.

    Antonio Gallego Raus

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  4. Antonio, ya sabes que tus intervenciones son recibidas con muchísimo gusto, y no solo por la amistad que nos une, sino por lo certero de tus observaciones. En el caso de estas, ¡a cuántos docentes les vendría muy bien ver la realidad siquiera lo mitad de clara que la ves tú! En cuanto a los niños fineses y su silencio en clase, yo pienso que se deberá a muchas causas, pero que la más importante debe de ser que en aquel país les enseñarán muy claramente en casa lo que es el respeto, cosa que me temo que aquí no sucede: en la mayoría de los ámbitos, educamos a nuestros jóvenes en una desinhibición y una autoestima tan infladas que, con demasiada frecuencia, desembocan en la patanería, con el agravante de que parece ser que nos hemos acostumbrado a ello y tomamos por normales faltas de educación y de respeto que sobrepasan con creces el exceso.

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  5. En menos de mes y medio mi instituto vuelve a tener intercambio con uno de Finlandia. Yo dirijo el asunto por parte española y por eso no tengo tiempo para casi nada, pues estoy a 20 horas lectivas y unos 140 alumnos. Aparte de la UNED, claro.
    No se acaban de creer cuando digo que en Finalndia no arman escándalo ni en el recreo, y que el instituto de bachillerato con el que hacemos el intercambio ni siquiera tiene timbres para avisar el fin de las clases y que las clases duran 75 minutos...
    Siento vergüenza del escándalo, la mala educación y la suciedad de mi instituto.

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  6. Gracias, querido amigo.
    En fin, como dice Hesperetusa, lo de aquí da vergüenza. Me callo, que sé que me repito más que el ajo.

    Un abrazo.

    Antonio Gallego Raus

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  7. Con estas cosas tendrá que pasar como con la violencia de género o la conducción irresponsable. Hace cincuenta años, un español entraba en el bar de su pueblo contando que había zurrado a su mujer y hasta le aplaudían: hoy, los que hacen esas cosas, ya se cuidan de aterrorizar a sus mujeres para que no lo cuenten; allá por los años 80, trascendió a los medios que don Juan Carlos I (nada menos), reconocido aficionado al volante, se jactaba de plantarse de Madrid en Valencia en una hora y media o dos horas, y con carreteras como las de antes, y los que conducíamos lo único que sentimos fue envidia de coche: hoy esas cosas ya no se hacen y, si se te ocurre contarlas, a lo menos que te arriesgas es a que te llamen loco y te desaprueben. Pues lo mismo tendrá que pasar con la grosería, la falta de respeto, el ensuciar los lugares que son de todos o el gritar a deshoras o en deslugares: tendrá que haber una gran ola de conciencia colectiva que condene esas cosas y lleve a que el que las haga se avergüence; ahora bien, tomemos nota de que lo de la velocidad ha contado con la inestimable ayuda de los radares, el carné por puntos y los multazos de 300 euros, y de que, en el caso de la violencia de género ha pasado algo parecido con la persecución en serio y la fuerte penalización. Salvadas las proporciones, el dejar que tu perro se cague en la calle o el cortar una clase a grito pelado dejarán de ser un problema cuando, además de la desaprobación general, sean castigados con la sanción correspondiente, porque los energúmenos que no se civilizan sino por el palo son muy numerosos. Y en España tenemos el problema de que ni la sociedad ni las autoridades consideran que ciertas cosas sean condenables y sancionables.

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