viernes, 26 de marzo de 2010

Mesa redonda en el Ateneo

    Ayer miércoles se celebró en el Ateneo de Madrid la mesa redonda sobre La república mejor que os había venido anunciando estos días. Que un libro autopublicado llegue a una institución como el Ateneo de Madrid no es nada fácil, y si ha sido posible se lo debo a mis amigos Paco Castañón y Carlos García, a quienes envío desde aquí todo mi agradecimiento, no sólo por el acto en sí, que resultó un éxito, y por la proyección para el libro y la satisfacción personal que representa, sino por algo que, para alguien que escribe libros, tiene una especial importancia: porque, por el hecho de haberse realizado esa mesa redonda en su seno, el Ateneo de Madrid ha añadido La república mejor al fondo de su biblioteca, una de las más importantes de España. Lo que habéis leído: en los anaqueles de esa biblioteca hay ahora un ejemplar de mi libro dedicado por mí al Ateneo, ahí queda eso.
    Pero el acto de ayer me dio otras razones para estar satisfecho. En primer lugar, la sala de conferencias quedó casi llena con los alrededor de sesenta asistentes, cifra bastante elevada para una mesa redonda sobre un libro. En segundo lugar, estaban allí mi padre, más miembros de mi familia y bastantes amigos, además de otras personas a las que desconocía, gran parte de ellas, socios del Ateneo. A todos les agradezo que hayan acudido al acto y hayan hecho con su presencia que fuera un éxito. Como, además, el acto era una mesa redonda, sus intervenciones sirvieron para animarlo.
   Terminaré hablando de un aspecto muy particular. La república mejor es una novela que intenta ser un testimonio, una denuncia y un homenaje. Intenta ser un testimonio fiel de lo que fue por dentro el servicio militar, especialmente, en su cara menos amable. Intenta ser una denuncia de sucesos muy graves -trágicos a veces y muy dolorosos para un número no despreciable de personas- que ocurrieron en la órbita de esa cara menos amable de la mili, y de la actitud de hermetismo cínico y frío que el Ejército como institución sostuvo ante esos sucesos y su esclarecimiento, frente a los afectados que simplemente buscaron verdad y justicia. Intenta ser un homenaje, una especie de monumento de papel, a los soldados que fueron víctimas de esta situación, para que queden en el recuerdo de todos. Involucradas en esta faceta de la novela, en su vinculación con una realidad dramática, están una serie de personas de carne y hueso que padecieron esas injusticias y/o lucharon contra ellas. De estas personas, hubo ayer representación en la presentación. En primer lugar, acompañándome en la mesa, estuvieron los viejos luchadores de la Organización del Defensor del Soldado, los ya mencionados Paco y Carlos más Ignacio Perelló, que fue abogado de la organización, quienes en su día prestaron apoyo a muchos soldados que acudieron a ellos en el auténtico desamparo; en segundo lugar, se hallaban en el acto Antonio, Margarita y Antonia (que acudió acompañada por su nieta), padres todos ellos de soldados que sufrieron trágicos percances y miembros de Corazones Unidos, una ejemplar organización de afectados que en su día tuvo la entereza de pedirle cuentas al todopoderoso Ejército. Fue para mí una satisfacción conocer a estas personas, abrazarlas, hablar con ellas. Sabéis que no soy amigo de hacerle la rosca a nadie, así que me creeréis si os digo que, en lo poco que pude tratar con ellos, me parecieron personas de gran valía. Si La república mejor es un libro dedicado a los soldados desconocidos que no tienen sitio en nuingún monumento, la presencia de Antonio, Margarita y Antonia en el acto de ayer le da un sentido muy especial: el sentido de constatar que el libro ha llegado a las manos más apropiadas. Y que no piensen que sólo quienes estábamos en la mesa entendimos el significado y la importancia de que estuvieran allí anoche: apenas han pasado veinticuatro horas del acto, y ya han sido bastantes las personas que me han hablado de ellos, las que me han dicho que convirtieron la reunión en un acto entrañable, pero entrañable de verdad, con sentimiento auténtico, desprovisto de ñoñerías, un sentimiento de admiración y respeto hacia su integridad, su constancia y su coraje.

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