martes, 21 de marzo de 2017

"La buena educación": los Von Siempre

   Resultado de imagen de imagenes de la buena educación elpais.com
   He podido ver hoy el programa que hace unos días emitió ELPAIS.com sobre nuestro actual sistema educativo, el cual llevaba el título de La buena educación, y he de decir que, tomando prestada una genial expresión de Martes y 13, allí, si exceptuamos a Ángel Gabilondo, estaban los Von Siempre: gente como María Acaso, Fernández Enguita y Pilar Álvarez, acompañados además por el presentador (Carlos de Vega), quien no desentonaba con el resto. Con estos mimbres, el programa resultó ser lo esperable: más de lo mismo, o sea: contenidos no, competencias vaporosas sí, propuestas supuestamente novedosas no contrastadas o ya fracasadas, también... No voy a poder, como en otras ocasiones, desmontar apartados completos, ya que este ha sido un programa en el que se ha hablado de forma torrencial acerca de muchas cosas, así que me limitaré a algunas pinceladas sueltas.
    Aunque ya sabéis que no suelo ser benevolente con María Acaso, quiero agradecerle esta vez un detalle: a la hora de plantearse el tema del abandono escolar, el presentador ha sugerido si la culpa podría ser de los profesores (este crimen, que yo sepa, no se nos había colgado hasta ahora) y ella ha respondido de forma fulminante que a los profesores no se nos puede hacer culpables de nada. El señor Vega no lo ha debido de encajar muy bien, porque, cuando minutos más tarde todos los invitados han coincidido en que era necesario mejorar la formación del profesorado, ha recordado lo dicho antes por Acaso y han tenido que aclararle que lo que había que cambiar era la formación permanente, no a los profesores. Pero ya era tarde, la incongruencia había quedado al descubierto: si parece implícito que los profesores de hoy no están bien formados, alguna culpa tendrán del desastre, algo habrán hecho, y todos sabemos que, de los presentes en el debate, al menos el señor Enguita (Enguita 1, Enguita 2), así lo cree. Lo que cada vez queda más patente es que, a poco que se rasque, la propuesta de los innovadores aparece muy endeble. Un ejemplo: hacia el minuto 30, se ha introducido un brevísimo vídeo en el que aparecía Tibor Navracsics, comisario europeo de Educación, para decir una serie de vaciedades sobre lo malo que es el conocimiento y lo necesaria que es la innovación, así sin más, pero lo peor de este vídeo no era su huero contenido, sino la voz que lo sostenía, un político profesional que no tiene ni idea de educación y que es muy discutido en la UE: ¿esta es la propuesta de los innovadores, los cuatro tópicos favorables al actual vaciado economicista de la enseñanza pronunciados por una autoridad desautorizada? Y no muy distinto es lo que ocurre con Fernández Enguita o María Acaso: se presentan como innovadores de algo que desconocen por completo: cada vez que ha salido un tema (deberes, calendario, formación del profesorado, evaluación...), se han descolgado con algo que estaba a años luz de la vida escolar real; en el tema de los deberes o el del calendario, ha tenido que salir Gabilondo a poner cordura y realismo; en el de la división de espacios (casi al final), Enguita se ha pronunciado con una "innovación" ya experimentada, inútil por completo y más anticuada que el No - Do, cosa que no extraña en alguien que se nos ha hecho viejo proponiendo innovaciones. Y esta es la gran cuestión: si se aplicasen las cosas que dicen estas personas, no se enseñaría nada, no se evaluaría como es debido y se implantarían unas "innovaciones" las más de las veces disparatadas y ni siquiera novedosas. 
   Más enjundia ha tenido esto otro. En el minuto 15:37 del programa, se ha mencionado a David Calle, el profesor que se ha hecho famoso por su participación en el concurso del mejor profesor del mundo. Se ha proyectado un vídeo en el que hablaba él y después los tertulianos han hecho algunas consideraciones. Como sabéis, este profesor tiene una línea de explicaciones y clases de matemáticas en YouTube que son seguidas por miles de personas, las cuales sacan de ellas mucho provecho. Es agradable, explica muy bien y no se le ha subido nada a la cabeza, al contrario de lo que ha ocurrido con algún otro participante en el concurso mundial. He ido a YouTube y he grabado una de las clases de David Calle, para que os hagáis una idea de su propuesta quienes lo desconozcáis. Como veis, lo que hace este señor es lo que hacemos miles de profesores en el mundo: explicar con el apoyo de una pizarra cuestiones prácticas o teóricas de su asignatura, Matemáticas, por lo que choca que, en el programa, el presentador se pregunte rotundo: "¿Por qué no todos los profesores son así?", y choca porque, repito, somos millares los profesores así, cada uno lo hará con más o menos gracia (eso, como ha señalado Enguita, dependerá del carisma de cada cual), pero en lo estrictamente didáctico, esos recursos suyos los usamos muchísimos. Por ello, no se entiende la proclama que ha lanzado a continuación María Acaso, afirmando que David Calle tiene éxito porque hace esas cosas en internet mientras que esas mismas cosas no están funcionando en el aula real, donde se produce un simulacro educativo y un fracaso. Solo conociendo el tremendo sectarismo que anima a esta "experta" se explica que haya sido tan incapaz de entender lo que está pasando en realidad: la diferencia entre David Calle y cualquier profesor que esté en un instituto y explique tan bien como él (que los hay, y muchos), no es pedagógica, sino de medios, unos medios, además, que ni se excluyen ni están enfrentados, sino que, como su propio caso demuestra, pueden llegar a ser complementarios: él en YouTube con su pizarra de grafos y el otro profesor en su aula con una pizarra como esa, con una digital o con la de toda la vida; él hablando con tal vez miles de alumnos a los que no ve y con los que se comunica mediante internet, mientras que el otro profesor se dirige a esos alumnos que tiene delante, sabe cuántos y quiénes son y guarda con ellos una interacción directa que le da la ventaja, por ejemplo, de poder resolver las dudas de forma instantánea y presenciando el proceso de asimilación. No hay diferencias esenciales, solo las hay de circunstancia y canal comunicativo: lo esencial, es decir, profesor que domina unos conocimientos (esos contenidos que tanto molestan a los innovadores) y los transmite a unos alumnos que no los dominan, es exactamente igual en internet y en el aula, y aun se permiten ambos coincidir en otra antigualla: la pizarra.
    Por lo tanto, resulta patética toda esa diatriba de María Acaso: tanto David Calle como los miles de profesores que, metidos en aulas, lo hagan tan bien como él (e insisto, son muchos, de todas las áreas) están triunfando en el mismo campo: el de la transmisión del saber. ¡Qué gran sandez eso del simulacro educativo!, uno de esos detalles que me hacen pensar que esta señora, en realidad, no tiene ni idea de educación y sospechar, por su virulencia contra la escuela, que tal vez este empeño suyo tenga algún interés inconfesable.
   Resulta lamentable, pero una y otra vez se corrobora que es cierto: los medios de comunicación, al tratar el tema de la enseñanza, llevan muchísimo tiempo optando por los de siempre -los del vacío discurso innovador-, con sus embustes de siempre y concediéndoles el trato privilegiado de siempre, no voy a aburriros con los mil ejemplos de otras veces. ¿Por qué lo hacen? Supongo que por muchas razones, entre las cuales me temo que debe de predominar un frívolo sentido comercial, una convicción de que estos vendedores de coloridas falsificaciones que sostienen que se puede aprender todo y llegar a ser maravilloso divirtiéndose y sin el menor esfuerzo tienen por fuerza que dar más audiencia (= más pasta) que aquellos aburridos moralistas que se dedican a decir la verdad: que aprender y estar bien preparado cuesta. El estilo telebasura ha terminado haciendo estragos. 

sábado, 11 de marzo de 2017

Paremos el golpe (de estado separatista en Cataluña)

   Me llega la noticia de que Societat Civil Catalana ha convocado para el domingo 19 de marzo a las 12:00 una manifestación, bajo el lema Aturem el cop, o sea, Paremos el golpe, pulsad este enlace para más detalles:
   En la página encontraréis un manifiesto con las motivaciones de la manifestación y un enlace para firmarlo, pero, a los que estéis interesados, vuestro amigo el guachimán os allana el camino:

    El golpe que se quiere parar, huelga decirlo, es el golpe de estado que el separatismo lleva años preparando a cara descubierta y a bombo y platillo, con la asombrosa pasividad de los poderes del Estado y de la sociedad española, pues los abusos de los nacionalistas catalanes, sus actos totalitarios, su violencia y sus provocaciones han sido desde hace tiempo lo suficientemente graves como para que ya se hubiera tomado alguna medida firme, lo que muy probablemente nos habría evitado la crítica y preocupante situación a que nos enfrentamos ahora. "Es hora de poner fin a esto", dice en algún punto el manifiesto de SCC: me voy a permitir hacerles una pequeña corrección: hace mucho tiempo que debió haberse abordado esa tarea, porque a los fascismos no hay que dejarlos crecer.
    Esperemos que se alcance una solución. 

miércoles, 1 de marzo de 2017

No es que sean idiotas

   Circula por las redes un vídeo -que me he hecho el firme propósito de no ver- en el que aparece una lamentable escena ocurrida en Colmenar Viejo hace unos días: en una calle solitaria, una horda de diez o doce energúmenos golpean y humillan con saña a una pobre chica. No contentos con esta canallada, ellos mismos la engordan grabándola con un móvil y subiéndola a la red. Por desgracia, alguno de los agresores es alumno de mi instituto, de manera que nos hemos visto envueltos en tan lamentable suceso, que, en lo que se refiere a la esfera escolar, va a acarrear sanciones que me temo que no van a ser suaves. En mi instituto nos tomamos muy en serio la lucha contra el acoso y las conductas violentas, de manera que algunos de mis compañeros, un tanto desolados, se preguntan si estos chicos no serán idiotas, a la vista de que sabían muy bien lo condenables que son esos actos, las duras sanciones que los castigan y lo inevitable que es que te descubran cuando tienes la brillante idea de colgar una fechoría en las redes.
   Pero no, no es que sean idiotas, es que han alcanzado la convicción de que, hagan lo que hagan, nunca van a pagar por ello. Después de años y años percibiendo que en la calle, en la escuela y en la familia, muy a menudo las faltas que cometen quedan sin el correspondiente castigo y después de años viendo lo fácil que -gracias a esa sobreprotección bobalicona de que gozan los menores en nuestra sociedad-, les resulta doblegar a supuestas autoridades como los padres o los profesores, nuestros jóvenes tienen muy interiorizada la idea de que poseen el don de la inmunidad y el de la impunidad. Como en la canción de Maldito duende, se sienten tan fuertes que piensan que nadie les puede tocar. Y por eso llegan a menudo malas consecuencias, en los estudios y en las hazañas.
    Nos toca desprogramar: llevamos demasiado tiempo en el pésimo camino de la permisividad, producida por modas sociales y leyes que vamos a tener que replantearnos. No estará de más que hagamos caso al juez Calatayud cuando nos recomienda ejercer nuestra autoridad de adultos con firmeza. Otra cosa que señala este juez es que los móviles son un peligro para los jóvenes, lo cual, en realidad, no es necesario que nos lo diga alguien tan experimentado en lo que se ve en los juzgados, porque casos como este del que hablo hoy hay por centenares, pero ahí seguimos: con ocho smartphones por cada diez españoles: ¿cuántos de ellos estarán en manos de menores que los están usando muy mal?
   Pero ¿podemos pedir prudencia a esos menores que cuelgan alegremente vídeos atroces o insensatos en internet cuando los medios de comunicación son luego tan imprudentes de reproducirlos en sus telediarios? El vídeo de Colmenar apareció en algunos, lo que me lleva a preguntarme: ¿de verdad era eso una noticia de interés general? ¿Nadie en esas cadenas se paró a pensar que sacar en la televisión vídeos en los que unos trogloditas publican vanidosamente sus burradas es animar a otros asnos a que los imiten? Uno o dos días después del suceso, a la puerta de mi instituto, había cámaras y reporteros poniéndole el micrófono delante al primer crío que se les cruzase para que les hablase del asunto. Es repugnante el nivel al que algunos han llevado la labor de informar. 

jueves, 23 de febrero de 2017

La hipocresía "progre": en el Reino Unido, también

    En todos los países de nuestro pelaje, con mayor o menor intensidad, se ha producido el fenómeno de la implantación de unos sistemas educativos que hacían extensiva la enseñanza a toda la población hasta más o menos los dieciséis años, pero con una escandalosa bajada en la calidad, los niveles de aprendizaje y de exigencia y la disciplina. Todo ello se imponía en nombre de un perverso sentido de la igualdad y de la libertad, que parecía partir de la convicción de que, para que un enseñanza fuera democrática, tenía que ser vacía y que consideraba represivo poner coto a la holgazanería, la grosería, el desacato a las normas e incluso la violencia. Este catecismo "progre", que aquí conocemos muy bien, es en realidad tremendamente clasista, porque arrebata a los que no son ricos el instrumento de ascenso social más útil que tienen a su alcance: la educación. Se ha señalado miles de veces la hipocresía y la incongruencia de esos voceros que, autodenominándose progresistas, izquierdistas y tal, defienden a capa y espada estos sistemas públicos ruinosos, y más aún cuando muchos de ellos tienen a sus hijos en centros privados. Mi amigo Ricardo Moreno me envía la traducción de un artículo titulado How hypocritical of the privileged elite to tell us that gramar schools are a bada idea, en el cual su autora, Allison Pearson, con el típico hablar claro de los británicos, nos muestra el estado de esta cuestión en su país. Aquí lo tenéis:

Qué hipócrita por parte de la élite privilegiada criticar las grammar schools
Allison Pearson (The Telegraph, 14 September 2016)
Tendrán que perdonarme, pero debo volver sobre el tema de las grammar schools. ¿Por qué? Porque la absoluta hipocresía que rodea este tema ya apesta, por eso. Al abrir The Guardian el lunes (lo sé, lo sé, puede producir alergia) encontré un columnista (educado en la privada, como tantos socialistas) imaginando a Theresa May intentando explicar a la “inteligente, escéptica y entrañable actriz Emma Thompson  por qué se necesitaban grammar schools”. La clara imputación era que quienes son inteligentes y entrañables (no como nuestra primera ministra, claro) deben oponerse a la educación segregadora.
     El único problema es que Emma Thompson enviaba a su hijo a una de las escuelas privadas más exclusivas del norte de Londres,  donde compartía clase con la hija de una amiga mía. Para que tu hijo pueda asistir a semejante sitio necesitas entregar más del sueldo medio nacional. Selección por talonario, en otras palabras. Y sin embargo, si eres lo bastante rico, lo bastante bien relacionado y lo bastante izquierdista, pareces disfrutar de algún tipo de extraña excepción a las reglas que quieres imponer a los padres que no pueden financiar la educación de sus hijos. 
      Realmente, hay un universo moral paralelo en Gran Bretaña donde una persona puede sostener apasionadamente que las grammar schools son socialmente discriminatorias mientras envía a sus propios bebés a Westminster, esa cuna de tantos de nuestros formadores de opinión progresistas. Es increíble que a comienzos del siglo XXI el número de columnistas de periódico que fueron a Westminster, Eton u otras escuelas privadas sea más numeroso que el de los que fueron a comprehensive schools. ¿Cómo es posible que el tipo de escuela que da servicio al 93% de la población esté infra-representada entre las filas de aquellos que pontifican sobre una educación estatal acerca de la cual, para ser perfectamente justos, no saben una mierda?
      A nadie le preocupa el periodismo, pero esa misma pésima discrepancia de clase se encuentra en todas las profesiones, en la política y en todo el firmamento de las estrellas del entretenimiento. Si miramos a los portavoces de la oposición, nos encontramos con el cómico espectáculo de un grupo de políticos laboristas que todavía creen en el sistema comprensivo, igual que el hombre primitivo creía que la tierra era plana. Personas como Jeremy Corbyn, John McDonnell y Diane Abbott se oponen violentamente a la revitalización de las grammar schools de la Sra. May, aunque no se atreven a decirlo porque (¿lo adivinan?) ellos fueron a grammar schools, las cuales les condujeron a donde están hoy. Y no me entiendan mal. Millonarios como Emma Thompson tienen perfecto derecho a dar a sus hijos la mejor educación posible. Mis descendientes han asistido también a escuelas privadas. Llámenme una loca Madre Tigre, pero preferiría que a la Hija y el Hijo, a diferencia de a su mami, les enseñara matemáticas alguien que no sea el profesor de educación física.
     Expertos que no saben de qué están hablando (véase arriba) dicen que el resultado de la grammar school se podría conseguir en una comprehensive si separas a los niños más adelantados. Lo siento, no se puede. Ethos lo es todo. Simplemente miren la inmundicia lanzada contra Matthew Tate, ese estupendo director de Margate que envió a cincuenta alumnos a casa por vestir el uniforme incorrecto. Por tratar de crear una atmósfera de autodisciplina y altos estándares, al Sr. Tate se le comparó con la Gestapo, un grupo no conocido principalmente por su línea dura con respecto a las zapatillas deportivas.
      Por eso los profesores están en aprietos todos los días en las comprehensive schools. Y no solo los padres protestones impiden el camino a la excelencia. Un amigo confesaba que su brillante niño había tenido horribles notas de ciencias en secundaria que podrían haber obstaculizado su futuro universitario. Luke había ido a la escuela comprensiva local donde le enseñó química el mismo zopenco que había enseñado a su hermana mayor al otro lado de la ciudad. El profesor en cuestión había sido despedido de la escuela de su hermana por incompetencia, para ser luego contratado en la escuela de Luke porque los tipos bien cualificados en ciencias y matemáticas no están precisamente haciendo cola para trabajar en las mediocres comprehensive.
      ¿No habría sido mejor si nuestra ciudad tuviera una grammar school donde a Luke y a otros chicos capaces de familias menos acomodadas pudiera enseñarles ciencia pura y dura alguien que no fuese un completo imbécil? Por supuesto que sí. Mejor para Luke, mejor para la sociedad en su conjunto, cuyos cuadros directivos se enriquecerían por una mezcla social más amplia, como acostumbraba a ser cuando millones de niños afortunados iban a las grammars. Demasiados chicos dotados como Luke son condenados a progresar sin hacerse notar en clases perniciosas, en las cuales entregar tus deberes te convierte en blanco de burlas, y padres descerebrados insisten en que vestir una falda tan escueta como un mensaje de texto es un derecho humano básico.
      En este punto, algunos expertos muy humanitarios, educados en escuelas privadas, señalan que las grammar schools hacen descender el estándar en otras escuelas de su área, y que menos del 3% de los alumnos que van a grammar schools tienen derecho a comidas escolares gratis. Ambas cosas son ciertas, pero el efecto en los logros de las non-grammars es en realidad muy pequeño. En cuanto a poner el foco en los alumnos con derecho a comidas escolares, es poner el listón demasiado bajo. Sólo alguien educado en Westminster, como Nick Clegg, puede estar tan fuera de onda como para pensar que los colegas de Oxbridge pueden ser metidos en el mismo saco que los hijos de desempleados analfabetos. Nick, dedica una semana intentando enseñar a alguno de ellos, y mira cuánto tiempo pasa antes de que te digan “¡Que te j…, pijo de m…!”
      Nuestro tiempo se emplearía mejor si nos preocupamos por los chicos de clase media-baja, que están sorprendentemente infra-educados en el presente sistema y que podrían realmente beneficiarse de una grammar school donde buenos profesores no tengan miedo de enseñar. Por supuesto, necesitas alguien que haya ido a (o enseñado en) una escuela estatal  para que te diga estas crudas verdades. Tristemente, no hay muchos de nosotros en posición de denunciarlo. Ya saben, todos los trabajos importantes han ido a parar a personas educadas en la privada. Gracias a Dios, nuestra nueva primera ministra ha visto a través de la asquerosa hipocresía y se ha presentado con un camino hacia adelante. ¡Es la grammar school, estúpido!

miércoles, 22 de febrero de 2017

Decálogo para un pacto de Estado por la educación

   
Desde el blog de mi amigo Xavier Massó e impulsado por la revista Catalunya Vanguardista, me llega un Decálogo para un pacto de Estado por la educación que viene avalado por las firmas de personas muy comprometidas con la dignidad y la calidad de la enseñanza. Acabo de firmar este documento, cuyo texto íntegro podéis encontrar en el enlace de dos líneas más arriba. Si os animáis a firmarlo vosotros también, podéis hacerlo en ese mismo artículo o directamente en este enlace:
     Ante los anuncios de cambios y grandes acuerdos que se reiteran, bueno será que se tengan muy presentes propuestas no complacientes, realistas y críticas como la de este decálogo.


lunes, 20 de febrero de 2017

Con todos mis respetos

   Veo en "El País" una noticia que se presenta con el titular "Hay que acabar con el formato de clases de 50 minutos", la cual consiste en una entrevista al neurólogo Francisco Mora, autor de esa afirmación. No voy a tener la osadía de quitar o poner una coma a lo que este especialista dice en lo tocante a su disciplina, pero sí señalaré que, cuando extrapola sus palabras al terreno educativo, dice cosas con las que estoy de acuerdo y otras con las que no. Entre estas últimas, están precisamente las palabras del titular y su contexto, lo reproduzco:
   Nos estamos dando cuenta, por ejemplo, de que la atención no puede mantenerse durante 50 minutos, por eso hay que romper con el formato actual de las clases. Más vale asistir a 50 clases de 10 minutos que a 10 clases de 50 minutos. En la práctica, puesto que esos formatos no se van a modificar de forma inminente, los profesores deben romper cada 15 minutos con un elemento disruptor: una anécdota sobre un investigador, una pregunta, un vídeo que plantee un tema distinto…
   No quisiera ser descortés con el señor Mora, pero de eso de que la atención no puede mantenerse durante 50 minutos, la inmensa mayoría de los profesores nos habíamos dado cuenta ya hace muchísimo tiempo, por eso, aunque se lo agradezco, el consejo de introducir elementos disruptores, no lo necesito, porque desde siempre yo -como la inmensa mayoría de los profesores, al menos, de infantil, primaria y secundaria- planteo unas clases con la suficiente multiplicidad de actividades e informaciones como para que la atención del alumno no decaiga. El formato actual de las clases está muy bien con 50 minutos, ya que es un tiempo no tan largo como para que se cansen ni el alumno ni el profesor pero suficiente como para integrar las diversas facetas que tiene o puede tener un acto educativo, cuyo desarrollo a menudo necesita esos cincuenta minutos. Presuponer que el profesor pretende mantener la atención del alumno fija en una sola cosa durante ese tiempo es desconocer cómo se trabaja en la enseñanza: que no se preocupen "El País" ni el señor Mora: conocemos nuestro oficio y sabemos desempeñarlo, no en vano somos profesionales. Por el contrario, debo suponer que eso de las cincuenta clases de 10 minutos es una exageración deliberada, una especie de licencia poética, porque, si esta dicho en serio, es un sinsentido que prefiero no comentar.
   Terminaré haciendo una observación acerca de la edad para empezar a leer. No entraré en el campo del señor Mora ni discutiré lo que dice acerca de los circuitos neuronales y su desarrollo, que le lleva a concluir que la edad ideal para empezar a leer son los seis años, pero sí quiero comentar algo acerca de estas palabras:
    Si se empieza a los seis, en poquísimo tiempo se aprenderá, mientras que si se hace a los cuatro, igual se consigue pero con un enorme sufrimiento. Todo lo que es doloroso tiendes a escupirlo, no lo quieres, mientras que lo que es placentero tratas de repetirlo.
   Empezando por mí mismo y por mis hijos, he visto a muchos niños que han empezado a leer antes de los seis años sin dolor, sin sufrimiento y sin escupir nada, como también debo decirle que la experiencia escolar registra no pocos niños que empiezan a leer a los seis años y tardan en aprender. Esta parte de su discurso, por lo tanto, ya que choca con la realidad, no me la creo, es probable que no esté lo suficientemente contrastada o que esté formulada con una simplicidad un tanto tendenciosa.   

viernes, 17 de febrero de 2017

Prevaricación en la enseñanza

   En los últimos días, ha sido reflejada por varios medios la noticia de que un profesor universitario de Granada que puso sobresaliente en un examen a una alumna que ni siquiera se había presentado ha sido hallado culpable de prevaricación y condenado a siete años de inhabilitación. Si leéis la noticia, veréis los delirantes extremos a los que llegó este docente de la especialidad de Ciencias de la Educación en el ejercicio real de uno de los vicios más aberrantes que predica el pedagogismo y combate esta garita: el aprobado regalado.
   Es necesario señalar que, aunque se hayan destacado mucho, la no presentación o el sobresaliente no fueron hechos esenciales, sino solo aspectos secundarios que, por su colosal torpeza, contribuyeron a que se destapase y acabara condenándose el verdadero hecho esencial, la verdadera prevaricación: el haber aprobado a una alumna a sabiendas de que no lo merecía. Y aquí es donde está lo maravilloso de este asunto y la gran novedad, porque, en el sistema educativo español, por conveniencia, presión y dictado de políticos, pedagogos, inspectores, directores, padres y demás, hay miles de profesores que llevan lustros poniendo aprobados a alumnos que no se lo merecen, es algo así como una norma oficiosa del sistema, todos lo sabemos, seremos hipócritas, pero no somos tontos. Digo más: es sin duda la gran mentira vergonzante en que se sostiene.
    Con arreglo a la sensatísima sentencia del Supremo que ha condenado a este profesor de Pedagogía, ahora resulta que cada vez que un profesor convierte en cincos lo que deberían ser cuatros, treses y hasta unos (y esto lo hacen muchos), está prevaricando; cada vez que un profesor, con el fin de aprobar a los alumnos de un grupo de esos donde nadie hace otra cosa que zanganear, echa mano de ese eufemístico coladero que se llama "adaptación de aula" (y esto lo hacen muchos), está prevaricando; cada vez que un profesor, cediendo a presiones de padres, directores u orientadores, aprueba a un alumno que debería suspender (y esto lo hacen muchos), está prevaricando; cada vez que una junta decide regalar uno o varios aprobados a un alumno que debería suspender (y de esto he presenciado decenas de lamentables sainetes), está prevaricando: tenemos un considerable problema.
    Está muy extendido esto de dar a sabiendas aprobados inmerecidos, ya veis, y es que, como digo, es un puntal oficioso del sistema, que lo avala, y más, si el alumno reclama cuando le suspenden. Hace algunos años, tuve uno al que suspendí 18 exámenes de 22; en todo el curso, solo aprobó cuatro, y no de los más importantes. Reclamó ante la inspección y, después de un tenso proceso con fuertes presiones, en el que al menos en dos ocasiones un inspector me amenazó de sanción, la Administración lo aprobó, lo cuento por extenso en mi artículo El papel de la inspección (en Deseducativos y en este blog). A esto es a lo que nos arriesgamos quienes no ponemos aprobados inmerecidos, así que, en parte, se entiende que muchos no quieran meterse en estos líos. Recuerdo que entonces quise recurrir, porque tenía mis dudas sobre si aquella decisión no habría sido una... prevaricación. Los tres abogados con los que hablé me aconsejaron que me olvidase de eso y de recurrir, pero mis dudas permanecieron, y con esto de ahora, ya son algo más que dudas.
    Pero tampoco hay que extrañarse. A fin de cuentas, España lleva años y años alojada en la megaprevaricación de la corrupción, de la connivencia entre políticos y banqueros, de la impunidad de los poderosos (compárese lo que ha hecho este profesor y lo que ha hecho Artur Mas; compárese luego lo que se ha pedido para cada cual), de los alcaldes corruptos reelegidos por mayoría absoluta...: lo de los aprobados regalados es muy coherente con este marco, y va a seguir así mucho tiempo, ¿o alguien piensa que los pactos de los que ahora tanto se habla van a cambiar algo? A ese pacto están llamados los políticos, los gobiernos, los sindicatos, los expertos, las asociaciones empresariales y esas otras que convocan huelgas contra los deberes, la Iglesia..., o sea, los amos y beneficiarios del sistema vigente: le cambien lo que le cambien, será para dejarlo igual.