domingo, 20 de agosto de 2017

Ruindades

   Por increíble que parezca, algunos no han sido capaces de guardar la compostura y controlar sus miserias ni siquiera en situaciones tan delicadas como la producida por los recientes atentados en Barcelona y Cambrils. Veamos unos ejemplos:
  -Joaquín Forn, el consejero de Interior de la Generalidad, ha informado acerca de las víctimas del atentado de Barcelona haciendo diferenciación entre las catalanas y las de "nacionalidad española". Tenéis más información aquí. Habíamos visto ya a este señor dando claras muestras de sus posturas totalitarias, así que no extraña mucho esta mezquindad, que demuestra que tampoco es que sea muy respetuoso con las desgracias personales.   
  -De la ANC lo raro hubiera sido un comportamiento decente. En una de sus cuentas de Twitter, pide que no se utilice la bandera española para mostrar la solidaridad con las víctmas de los atentados. Podeís verlo aquí.
   -La CUP no irá a la proyectada manifestación contra el terrorismo si va el rey. ¿Por qué? Porque, según su diputada Mireia Boya, él y el Gobierno (el de la nación, por supuesto), son "imagen de un imperialismo económico que ha financiado los atentados del jueves pasado". Podéis ver aquí esta nueva muestra de sensatez de los cuperos, sin cuya colaboración sería inviable la orgía de despropósitos en que consiste la política del actual Gobierno de Cataluña. El tufillo batasuno de la CUP no debería ser menospreciado en absoluto.
          Si buscase un poco más o esperase unos días, seguro que podría sacar más muestras de la acendrada calidad moral de los independentistas catalanes, pero creo que estas tres perlas son ya suficientemente significativas. 

viernes, 18 de agosto de 2017

Atentado en Barcelona

   En homenaje a esos amigos que han muerto o han sufrido daños en el trágico atentado de ayer en las Ramblas.

Tienes un amigo

martes, 8 de agosto de 2017

Pisarello, Fachín y una dama de Madrid

   Hace algún tiempo, acudí a un acto en el Ateneo de Madrid en el que participaba una señora madrileña en calidad de delegada en Madrid de las organizaciones independentistas que están a favor del referéndum secesionista en Cataluña. La situación, como veis, ya era de partida bastante surrealista, como no es raro que suceda en torno a este asunto del prusés, pero la guinda colaboré yo mismo a ponerla cuando, en el turno de preguntas, le planteé a la madrileña representante del independentismo catalán la siguiente cuestión:
    -Yo nací en Barcelona, pero vivo en Madrid desde hace muchos años: ¿para ustedes soy catalán?
    Respuesta:
    -Usted será lo que usted elija.
    O sea, que, según los organizadores de este circo, si mañana elijo ser jirafa, picaporte de latón o marciano, eso está hecho. Naturalmente, la cosa no iba por ahí, sino por otro lado que aquella señora sabía muy bien, por eso eludió la respuesta varias veces, hasta que al final yo mismo dije en voz alta la razón: aquella catalanista madrileña se negaba a reconocer que yo soy catalán porque, tal y como han planteado su referéndum los independentistas, si se llevase a cabo, podrían votar en él los nacidos en Cataluña residentes en el extranjero, pero no los residentes en el resto de España, como es mi caso, naturalmente, porque los separatistas saben que somos casi todos contrarios a su montaje. Una prueba más del carácter excluyente del separatismo catalán, como de todo separatismo que se precie. 
    Casos de intrusos que se permiten meter el cucharón en un potaje que no es el suyo los hay mucho peores que el de esta señora de Madrid. Poco antes de las elecciones autonómicas de 2015, un provocador llamado Alfred Bosch montó una miniguerra de banderas en el Ayuntamiento de Barcelona de la que me ocupé en un artículo titulado Manual de perversiones. Incluía allí este vídeo, en cual puede verse cómo Gerardo Pisarello, el primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona, no hubiera tenido inconveniente en que se colgase la estelada del balcón consistorial, pero interviene airado en cuanto aparece la bandera española:

    El argentino Pisarello ha tenido algunas otras actuaciones muy desafortunadas, en especial, la retirada del busto de Juan Carlos I del salón de plenos del Ayuntamiento de Barcelona.
     Estos días está sonando el nombre de otro paisano suyo, este, de Bahía Blanca, el señor Albano Dante Fachín, que se ha visto envuelto en una polémica con Pablo Iglesias acerca de si los podemitas catalanes tienen o no que votar en ese referéndum previsto para el 1 de octubre. Gracias a don Albano, me queda claro que España tiene que ser un Estado plurinacional, pero este aún va más lejos y tiene la poca cabeza de decirle a Iglesias que, obviamente, no votará en ese referéndum porque es un chico de Vallecas. No sé lo que le habrá dicho Iglesias al señor Fachín, pero yo, que soy un poco terco, a este chico de Bahía Grande le pondría ante el mismo conflicto que ya le planteé a la señora aquella de Madrid: ¿qué le parece que en ese referéndum sobre la independencia de Cataluña que él encuentra tan perentorio no se me permita votar a mí, que soy un chico nacido a dos pasos de las Ramblas? Ni que decir tiene que lo que yo reclamo no es el derecho a votar en tal evento, pero la contradicción ahí queda.
    Lo que sí reclamaría es un poquito de prudencia. ¿Quién era aquella señora de Madrid para regatearle a uno de Barcelona su condición de catalán? ¿No le parece al señor Pisarello un buen manojo de excesos venirse desde Tucumán a independizar Cataluña y ofendernos a los españoles arrinconando a Juan Carlos I y postergando a nuestra bandera? ¿No cree el señor Fachín que, hablando de asuntos de España, es una muestra de prepotencia que alguien nacido en Bahía Blanca ironice con el origen vallecano de quien sea? ¿Quién es él para recomendar que España sea plurinacional, metanacional o antinacional? ¿Qué narices saben de España los argentinos Pisarello y Fachín para mangonear en su ordenamiento territorial, que es una cosa importantísima? El régimen de libertades en que vivimos y la elogiable generosidad con que acogemos a los de fuera son dos virtudes de nuestra sociedad de las que han abusado estos dos personajes. Particularmente en el caso de Gerardo Pisarello, preocupa que pueda llegar tan alto como ha llegado para hacer las cosas que está haciendo: por si no tuviéramos suficiente con nuestros impresentables de aquí, nos vamos a buscarlos fuera.

jueves, 20 de julio de 2017

El guerracivilismo independentista no va de broma

   Todos estamos viendo cómo en los últimos tiempos la agresividad verbal de los independentistas catalanes está disparando su ya de por sí elevado tono, lo que se concreta en la multiplicación de mensajes rebosantes de jactancia, desprecio, insultos y amenazas. Si me lío a poner enlaces, me sale un artículo de seis páginas, así que me limitaré a poner como ejemplo el maratón de prepotencia en que se ha embarcado en apenas unos días Jordi Turull, nada menos que consejero de Presidencia y portavoz del Gobierno autonómico catalán, amenazando, riéndose del Tribunal de Cuentas o, por otro lado, soltando esa bravata de los hiperventilados y los tiquismiquis. Es asombroso: tiene uno que mirar diez veces la noticia para convencerse de que la persona que se pronuncia en estos términos no es un matón de taberna, sino lo equivalente a ministro de un Gobierno del que es el mensajero oficial. Pero es también un tanto absurdo asombrarse, dados los actos y desafíos delirantes que estamos viendo perpetrar a ese Gobierno, actos que ofenden no ya al sentido democrático, sino a la propia racionalidad.
    Entre los últimos, los más alarmantes sin duda han sido los cortes de cabezas, en un vuelco político de tufos revolucionarios en el peor sentido de la palabra. Y la culminación han sido los relevos en Interior y los Mossos D'Esqudra, que han quedado en manos, respectivamente, de Joaquim Forn y Pere Soler, dos extremistas cuyo currículum y primeros pasos ponen los pelos de punta. Ya en 2012, a propósito de unas declaraciones del entonces consejero de Interior Felip Puig en torno precisamente a los Mossos D'Esqudra, empecé a hablar del guerracivilismo de los separatistas catalanes, y muchos me llamaron exagerado, lo que también me sucedió cuando después empecé a comparar el procés con un golpe de estado, cosa que ya están haciendo otros muchos, entre ellos, Sociedad Civil Catalana, que sabe de qué habla. Si unimos lo que ya en 2012 decía Felip Puig con lo que está pasando ahora, ya no puede quedarle duda a nadie de lo que algunos hemos visto siempre: que estos señores van terriblemente en serio en sus propósitos golpistas y su talante guerracivilista.
    Otra consecuencia de esta chifladura valleinclanesca es que, más tarde o más temprano, dado que la cosa ya se parece cada vez menos a un juego y estas acciones generarán responsabilidades acordes con su gravedad, es muy probable que algunas o muchas de estas personas hoy tan aguerridas acaben mañana en la cárcel. Lo digo ahora, veremos lo que acaba ocurriendo.

lunes, 10 de julio de 2017

La elocuencia de una foto

La actriz y cantante Paquita Rico en 1981.
   Leo la noticia del fallecimiento de Paquita Rico, la famosa actriz y cantante que fue una de las reinas del cine español de los años 50 y 60, descanse en paz. Era una mujer de extraordinaria belleza que protagonizó nada menos que ¿Dónde vas, Alfonso XII?, una película mítica del cine español, y participó en otras como La viudita naviera, Viva lo imposible y El taxi de los conflictos, de las que como mínimo se puede decir que en su día tuvieron mucho éxito. No voy a descubrir nada acerca de la figura de Paquita Rico, sobre quien naturalmente podréis encontrar mucho en internet, y en realidad el motivo de este artículo es la foto con que lo ilustro, obtenida en 1981, año en que la actriz era desde hacía tiempo una celebridad. Ahí la tenemos, con una copa en la mano, que no podía ser sino de anís, concretamente, de la marca Bendor, cosa que deducimos de la botella que descansa sobre la mesa, con la inconfundible campanilla que la casa utilizaba como reclamo en su publicidad televisiva, en la que, por cierto y como quizás algunos recordéis, el producto se ofrecía para las mujeres. La foto no engaña: en el año 1981, esta señora se presentaba en los medios consumiendo alcohol, ¡qué incorrección! Pero no se queda ahí la cosa: ¿os habéis fijado en los dos paquetes de tabaco que hay sobre la mesa? Uno de Fortuna y otro de otra marca que parece L&M, o sea, que Paquita Rico o alguien que estaba allí fumaba, pecado que confirma el cenicero lleno de colillas. ¡Cuantísimo vicio en una sola foto! Hoy en día, una foto así sería imposible, porque nuestros famosos cuidan escrupulosamente su imagen, y todos sabemos lo mal visto que está eso del alcohol y el tabaco: aquí todo el mundo bebe agua de grifo y nadie toca un pitillo. Qué virtuosos nos hemos vuelto con el paso de los años.   

miércoles, 28 de junio de 2017

A mis amigos Álvaro y Gerard

   En el año 1981, mientras hacía la mili en Pontevedra, me hice amigo de un chico que se llamaba Álvaro y vivía en Cataluña, donde se encontraba muy a gusto trabajando como profesor de EGB. Era gallego, y no recuerdo ahora las razones exactas por las que acabó cruzando el mapa, pero sí sé las que le llevaron a volver a cruzarlo en sentido inverso, porque me las contó años después, cuando coincidí con él en una celebración de viejos compañeros de fatigas militares: no fueron otras que la persecución del independentismo. Por lo que me dijo, la presión por el uso del catalán llegó un momento en que se hizo asfixiante en la enseñanza en toda Cataluña. En su centro, que era público, se implantó una figura de corte absolutamente inquisitorial, un profesor encargado de vigilar que los demás profesores diesen las clases en catalán. Después de un periodo de resistencia contra los abusos de uno de estos torquemadas y del  entorno despótico en el que militaba, mi amigo se cansó y, sabiendo que en Galicia podía vivir muy bien y libre de acosos totalitarios, decidió abandonar Cataluña: uno más de los cientos de miles de exiliados que el fascismo nacionalista ha producido en España. Recuerdo aquella conversación: la simpatía con que Álvaro hablaba de Cataluña cuando éramos jóvenes se había convertido en una decepción con matices de amargura. 
    Esta historia me la ha recordado el artículo titulado Laura, historia de un amor prohibido, que publicó hace unos días mi amigo Gerard Romo en Antididáctica, su blog. Recomiendo que lo leáis, aunque os voy a decir muy sucintamente lo que cuenta: cuenta que, hará unos quince años, una alumna se disculpó un día ante él porque los alumnos de su clase habían tenido que decirle al coordinador pedagógico de su centro que Gerard daba sus clases en castellano y no en catalán; cuenta el estupor que le produjo el descubrir que el coordinador pedagógico se dedicaba a tan indecente control;  cuenta el cúmulo de infamias que se tejían en torno a estas cosas de coordinadores pedagógicos. Pero el artículo tiene mucho más, leedlo. Señalaré solo otra cosa de la que habla: del indecente y cómplice abandono que los gobiernos centrales han perpetrado ante los abusos del independentismo, únicamente por la miserable limosna de unos apoyos parlamentarios puntuales. También Gerard recuerda su historia ya pasada por un detonante actual: los abucheos con que ha recibido al ¿Honorable? Puigdemont el barrio de Llefiá, lugar donde se encuentra el instituto de ese "Coordinador Pedagógico" que hacía lo que todos los de su ralea, ahí está la historia de mi amigo Álvaro para confirmarlo.
   ¿Podrá alguien que no sea muy imbécil, muy desinformado, muy ingenuo  o muy cínico ignorar que en Cataluña -como pasó y parece que sigue pasando en el País Vasco- el independentismo ejerce sobre los que considera sus enemigos prácticas propias de regímenes dictatoriales? En Cataluña, el segregacionismo nacionalista es ya viejo, intenso y extenso en el mundo de la educación, donde se ha manifestado especialmente en la inmersión lingüística y las mil canalladas que la concretan, pero, a lo largo ya de décadas, hemos visto muchas otras cosas que atentan contra la convivencia y la democracia: el acoso al castellano en calles, cultura, instituciones y hasta rotulación de comercios; la quema de banderas, fotos y textos legales; las pitadas al himno; los abucheos y hostigamientos a personalidades "españolistas"; las agresiones a personas, incluso niños, que llevasen símbolos nacionales; los insultos y menosprecios a lo español; la usurpación de funciones del estado; el uso de bienes públicos para impulsar la independencia; las prohibiciones de poner pantallas para ver a la selección española; las agresiones a sus aficionados; las tergiversaciones de la historia, hasta con disparates como decir que Cervantes era catalán (y en "congresos" financiados con dinero público); el control propagandístico de los medios de comunicación; las amenazas de corte batasuno (es decir, partidario del asesinato) contra políticos o ciudadanos de a pie... Todo este amplio catálogo de conductas totalitarias lo ha ejercido el nacionalismo catalán ante la pasividad del PP y el PSOE cuando poseían el gobierno de la nación. Y aún tenemos que soportar que personajes como Puigdemont, Forcadel, Munté, Homs y otros de su pelaje ensucien la verdad presentándose como valedores de la democracia. Gerard es pesimista; en su artículo llega a decir literalmente que está ya próxima la independencia de Cataluña. Ojalá se equivoque; en todo caso, la discordia y el miedo que el fascismo nacionalista ha sembrado en Cataluña no son cosa que se elimine en un par de semanas. Sus causantes directos tienen una grave responsabilidad, pero quienes pudieron y debieron hacer algo para frenar los abusos y no lo hicieron tampoco pueden tener la conciencia muy tranquila.

domingo, 18 de junio de 2017

Praxis educativa. 22: el mito de la vocación

      Uno de los tópicos que circulan por ahí a la hora de juzgar a los profesores o de determinar lo que hace falta para ser un buen profesor es la creencia de que, para serlo, es inexcusable ser un vocacional del oficio. Me parece una absoluta falsedad, pues he visto grandes profesores que no eran vocacionales, mientras que, por otra parte, puedo dar fe de que, por sí sola, la vocación no hace buenos profesores, ya que, de los que he conocido que se declaraban vocacionales, unos cuantos eran mediocres o muy malos. Lo que, como en todos los oficios, debe ser un buen docente es un profesional, cosa que no quiere decir que sean rasgos incompatibles, ya que hay muchos profesores que son las dos cosas a la vez.
    Parece mentira que tenga uno que ponerse a razonar lo obvio, pero, como en tantas otras ocasiones, nos enfrentamos en este caso a una de esas confusiones que ha sembrado en la sociedad la mitología pedagogista, que ha creado un concepto de la educación envuelto en unos tintes un tanto místicos, quizás porque, como observan algunos, la pedagogía española tiene una génesis muy vinculada a la Iglesia, ya sea por el pasado clerical de algunos de sus defensores o por proponer  a veces técnicas que recuerdan a los parvularios monjiles. El mismo término "vocacional" delata ese origen: el primer significado que el diccionario de la RAE da para "vocación" es este: "Inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión", con lo que la Docta Casa me da respaldo a la respuesta con que suelo replicar a quienes me vienen con esta monserga de la vocación: la vocación, para los apóstoles y para los curas. Y es que no cabe duda de que lo que tenemos que ser los profesores es profesionales, porque lo nuestro es algo tan honroso como un oficio, el oficio con que nos ganamos la vida, cosa que muchos suelen olvidar: no somos sacerdotes de ninguna religión, apóstoles de ninguna fe ni misioneros llamados al sacrificio. A los profesores la gente acostumbra a pedirnos más de lo razonable, lo digo porque, entre los que salen con esto de la vocación, sueles encontrarte, por ejemplo, a padres que te demandan cosas que no puedes o no debes darles, o a hipócritas que se escandalizan de que los profesores aspiremos a sueldos dignos, como si para vivir no fuera suficiente con el aire y la dicha de ejercer nuestra vocación.
    Nótese, pues, que hay en esto del profesor vocacional mucho interés encubierto. En ello están también los pedagogistas, porque, cuando ensalzan su figura, en realidad están defendiendo su particular visión de la enseñanza, en la que para el profesor son secundarios los conocimientos y fundamentales cosas como el entusiasmo, lo emocional, el amor a la profesión... Vuelvo a lo mismo: el amor está muy bien para los novios y para las comedias de Julia Roberts, pero el buen profesor lo primero que tiene que hacer es desempeñar bien su oficio; si alguien dice: "Pablo López es un profesional", está constatando mi capacidad para ejercer bien y de forma fiable la tarea para la que la sociedad me paga, mientras que si dijera: "Pablo López es un vocacional" estaría constatando que entré en la enseñanza por un íntimo deseo de ejercerla, cosa, como se ve, muy diferente de la anterior, muy subjetiva y que no garantiza para nada lo que a mis alumnos les interesa: que les enseñe bien mi asignatura. Y eso, que nadie me malinterprete, puede hacerse perfectamente teniendo una excelente relación con los alumnos y estando muy a gusto con el trabajo de uno, cosas que no son incompatibles con la profesionalidad; decir que quien no es un vocacional es un amargado y un frustrado, como si la simpatía y la satisfacción fuesen monopolio de los vocacionales, es una interesada tergiversación.
    Vuelvo, para terminar, a uno de los factores que más marcan la superioridad del profesional sobre el vocacional: la objetividad de sus principios. Las deontologías profesionales están basadas en fundamentos más sólidos, concretos, claros y objetivables que las muy subjetivas éticas vocacionales. Alguien que aspire a ser un buen profesional sabe muy bien lo que tiene que hacer, como se saben muy bien las cosas que le convierten a uno en un mal profesional. Esto es transparente: conocer tu oficio, conocer tu asignatura, conocer los programas, saber lo que tienes que dar, saber administrarlo, saber transmitirlo, tratar bien y con respeto a tus alumnos, programar bien tus cursos y tus clases, evaluar con justicia, preparar bien tus clases, hacer que sean sustanciosas, llevarlas bien, controlar los grupos... Estas cosillas y algunas otras en la misma línea te convierten en un profesional de la enseñanza, una de esas personas a cuyas manos se pueden confiar tranquilamente nuestras tiernas criaturas. Y son claras y meridianas, cualquiera puede verlas y entenderlas, están ahí para todos. ¿Puede decirse lo mismo de las particulares y subjetivas razones que llevan a cada vocacional a sentir la llamada de la educación? ¿Quién ha visto nunca una deontología vocacional? Podemos decir "María es una gran profesional", pero casi ni tiene sentido decir "María es una gran vocacional", porque eso de la vocación pertenece al mundo de lo insondable y no se puede medir.
    Así pues, como los profesores somos personas normales, es mucho más razonable y también más beneficioso para esos alumnos a los que nos debemos que aspiremos a la humilde condición de profesionales y a metas tan mediocres como esa de que un día se diga de uno: "Es un gran profesional", y dejemos la vocación para los tocados por la varita mágica de la pedagogía. De cualquier forma, no quiero cerrar este artículo sin advertir que he visto, a lo largo de mi carrera, grandes disparates cometidos por vocacionales, ya que suelen tener el pequeño defecto de que, como están guiados por altísimos designios y sublimes ideales, algunos de ellos se comportan como iluminados que se creen superiores al resto del mundo: hagan lo que hagan, estará bien hecho, su elevada vocación lo justifica todo. Esto, cuando uno se trae entre manos la educación de niños y jóvenes, encierra sus peligros.