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domingo, 1 de octubre de 2017

Este canalla tiene que acabar en la cárcel

Resultado de imagen de carles puigdemont
   Y, naturalmente, solo puedo referirme al de la foto, este Carles Puigdemont que ha ensuciado el cargo que se le confió. Y, ya de manera inexcusable, deberán acompañarle a ese destino todos sus cómplices en el bochornoso golpe de estado del referénum: méritos les sobran. No se puede sembrar la discordia y el conflicto, abusar del poder, extralimitarse en las atribuciones y, sobre todo, llevar a cabo acciones para cargarse una nación (la española, que no les quepa duda a estos insensatos de cuál es su nacionalidad) sin pagar las consecuencias de tan tremendos actos. 
     Ayer se lamentaba este señor de que Europa le había fallado, hoy descalificaba a la democracia española por el hecho de que las fuerzas policiales hayan tenido que obrar con contundencia frente a algunos que se empecinaban en incumplir las leyes: el cinismo de este tipo (exhibido por él y por muchos de sus colaboradores de forma machacona durante los últimos tiempos) no conoce límites: enciende una rebelión contra el orden de un país libre y democrático y luego finge una remilgada desaprobación cuando la víctima de sus excesos se defiende. 
     No ha podido quedar más clara una cosa: que el verdadero objetivo de este miserable y sus compinches era cargarse el prestigio internacional de España, hacernos quedar ante el mundo, con sus manipulaciones, como un país sin libertades, cuando cualquiera que esté un poco al tanto de lo que ha estado pasando en Cataluña en los últimos años sabe que lo que en realidad ocurre es que el nacionalismo ha atentado despiadadamente contra los derechos de los que no piensan como ellos. No tienen escrúpulos, principios ni límites: con tal de obtener sus fines, tan demenciales como inviables, no les ha importado ejercer el abuso, manipular o atraer la ruina, la violencia y el descrédito, descrédito nada merecido para un país que, si de algo ha pecado con los nacionalistas, es de haberles permitido demasiado.
     Otra cosa que no puede estar más clara es que ya nada podrá ser igual. Hemos asistido al insólito espectáculo de cinco años de acoso a la unidad del país, con insultos y excesos sin cuento, y con dos convocatorias de referéndum secesionista, una en 2014 y otra en 2017, que se dejaron crecer y crecer. No me explico cómo Artur Mas y Puigdemont no fueron depuestos y encarcelados ipso facto nada más hacerlas públicas, me niego a creer que vivo en un país cuyo sistema legal es tan débil que no tiene mecanismos para detener fulminantemente semejantes atentados contra su propia integridad y la convivencia; si de verdad es así, eso tiene que cambiar.
    Se lleva desde hace ya algunos días hablando de que, a partir de mañana, habrá que dialogar. En efecto, es así, pero me temo que, a la vista de lo que ha estado pasando en Cataluña desde al menos 2012 (aunque el mal es mucho más viejo), debemos de ser millones los españoles que pensamos que la cosa no podrá ser tan sencilla como parecen imaginar los políticos y los tertulianos: una vez se les pase el berrinche a los revoltosos, a ver qué quieren y qué se les puede dar. Si se hace eso, será el adiós definitivo a la credibilidad de nuestra democracia; habrá que negociar oyendo las voces de todos y equilibrando y quizás eliminando abusos ya viejos. ¿Por qué no se va a poder hablar del sistema de conciertos, o de las inmersiones lingüísticas, o de las policías autonómicas, que acabamos de ver que son de dudosa fidelidad a la nación (además de carísimas, porque los nacionalistas han privilegiado a los afines que han ido colocando en ellas), o de esas competencias educativas cuya posesión por las autonomías ha servido para que algunos hayan estado décadas usando las escuelas para adoctrinar en el odio y sembrar sus mentiras? Habrá que dialogar, claro, pero no solo acerca del encaje de Cataluña, como no dejan de repetir ciertos mentecatos, sino sobre muchas cosas. Los problemas son numerosos y, en cuanto al encaje de Cataluña, a lo mejor los que no encajan en realidad son unos cuantos fanáticos segregacionistas, lo cual va a representar un serio obstáculo, ya que, con gente así, llevamos muchos años viendo que resulta complicado razonar.  

4 comentarios:

  1. Bravo, Pablo. Acertado y contundente.

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  2. Muchas gracias. No entiendo cómo nuestros políticos han estado tanto tiempo sin parecer ver el gran peligro del nacionalismo. Y siguen, aun estando como estamos: ¿has visto las valoraciones que está haciendo el PSOE? Los socialistas van de cabeza al desastre.

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  3. Pablo, los socialistas perdieron la dirección hacia la izquierda hace mucho tiempo. Confundir nacionalismo con ideología de izquierdas es el claro síntoma de su desorientación. Creo que en España, y en otros países supongo, ha faltado una oposición seria y responsable (fuese del color que fuese esa oposición), para evitar lo que tenemos ahora: la tiranía de las minorías.
    Un saludo de Pilar.
    PD: Te leo siempre, aunque no comente todas las veces.

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  4. Gracias por todo, Pilar. Y no tengo mucho que añadir a tu comentario. Desde luego, en España, lo que se presenta como oposición de izquierdas, es decir, PSOE y Podemos, lo que produce es más que nada inquietud.

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