jueves, 21 de septiembre de 2017

Praxis educativa. 23: el crimen del calendario

   Siguiendo los pasos de Valencia y Cantabria, la comunidad de Madrid (y creo que algunas más, pero no sé cuáles) se ha decidido por fin en su calendario escolar para el curso 17 - 18 a perpetrar el crimen de trasladar a junio las pruebas extraordinarias que de toda la vida se han celebrado en septiembre. Como establece el artículo 3 de ese calendario oficial, en los IES, centros de FP y similares, las actividades lectivas terminarán el 22 de junio de 2018 y la evaluación final ordinaria deberá estar concluida antes del 8 de junio. En el lapso que queda entre las dos fechas, lo que habrá que hacer será lo siguiente: 
   -Con los alumnos que ya estén aprobados desde el día 8, tenerlos dos semanas entretenidos con lo que la norma llama "actividades de ampliación".
    -Con los que estén suspensos, desbrozando la hojarasca terminológica de la norma, una preparación para las pruebas extraordinarias y esas mismas pruebas, que podrán alargarse hasta el día 26.
    Llevo mucho tiempo previendo que nuestros "responsables" políticos acabarían perpetrando este atropello y señalando que no hay razones pedagógicas para llevar a cabo una medida así, la cual solo se sustenta en motivaciones de cálculo político, en especial, la de colgarse la medalla de haber acabado con esas impopulares vacaciones de los profesores (pues, con reclamaciones y demás, a muchos les va a tocar perder días de julio), para apuntarse un tanto demagógico en la eterna campaña electoral en que viven nuestros políticos. Hace unos días, me comentaba una amiga que este cambio también podría perseguir un ahorro en los sueldos vacacionales de los interinos, no lo sé, pero tampoco sería extraño. Frente a esto, se me ocurren unas cuantas objeciones muy serias que paso a referir: 
    1.- Representa un auténtico despropósito condenar a un alumno que ya lleva encima la saturación de todo un curso a afrontar esos exámenes extraordinarios dos semanas después del final de la actividad regular, semanas que se nos quieren colar como un periodo de preparación, pasando por alto que este, dadas las circunstancias en que se sitúa, va a ser en realidad una tortura de eficacia nula, lo afirma alguien que lleva décadas viendo la desgana con que los alumnos llegan al mes de junio. ¿Cree acaso el legislador que, porque él lo diga en una orden oficial, los alumnos van a estar superenérgicos, motivadísimos e inmunes al calor entre los días 8 y 22 de junio? Mucho confía en sus virtudes y en las de los boletines oficiales. ¿Por qué tenemos que sufrir en la enseñanza que se legisle con absoluto desprecio de la realidad y de las personas? 
    2.- Por lo mismo, siempre he defendido la idoneidad de las pruebas de septiembre, porque dejan al alumno tiempo suficiente para tres cosas muy importantes: descansar del curso, preparar sus pruebas extraordinarias y reflexionar sobre sus errores. Esto último lo podrá hacer reforzado además por la visión de ese verano descargado de responsabilidades de que disfrutan los compañeros que lo han aprobado todo.
    3.- Esa visualización de que le va mejor al que estudia, la vamos a perder con el nuevo calendario. Como (por desgracia) parece norma en este sistema educativo nuestro, nos hallamos nuevamente ante una penalización disparada contra los alumnos que han cumplido con sus obligaciones: ¿por qué se les toma como rehenes y se les obliga a estar dos semanas en el centro aunque ya hayan aprobado su curso? Eso de las "actividades de ampliación" es una sandez insultante: ¿para qué las quieren? ¿Acaso no han realizado ya las que debían? ¿O es que el legislador está mandando el mensaje subliminal de que aquí se programan cursos de contenidos insuficientes? ¡Con qué facilidad castiga nuestro sistema al que no lo merece y desalienta así al que demuestra mérito, seriedad o esfuerzo!  ¿Se imaginan en la Consejería el agrado con que van a recibir esos alumnos esta absurda medida, esta penalización gratuita e injusta? Deberían entender los responsables de educación que nuestros alumnos ni son idiotas ni se merecen zarandeos caprichosos. 
    4.- Tómese además en consideración el desbarajuste en que se va a convertir el final de curso: a 8 de junio, tendrán que estar resueltas las evaluaciones ordinarias, lo cual representa que, hacia finales de mayo, se harán las últimas pruebas regulares de la tercera evaluación; en la primera semana de junio, los exámenes globales de suficiencia para quienes hayan suspendido (supongo que el legislador no habrá contado con que esto se quite) y, por último, a partir del 22, las pruebas extraordinarias. Resultado: en un mes o menos, los alumnos con asignaturas suspensas tendrán que hacer frente a tres tandas de exámenes: ¿a nadie en la Consejería se le ha ocurrido que esto es una locura? ¿De verdad creen que este calendario ofrece el menor beneficio educativo? ¿Y los sindicatos, qué opinan? Al principio de la orden que establece este calendario, se dice que "han sido oídas las organizaciones representativas del profesorado": ¿es que no han tenido nada que decir, es que han estado de acuerdo o es que no se les ha hecho ni el menor caso? Ya me gustaría saberlo. 
    Sería deseable que, por una vez en la vida, hubiera gobernantes que reflexionasen y, para el curso 18 - 19, volviéramos a las pruebas de septiembre. Ya veremos dentro de un año.   

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Apollardats y renegats

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    Me entero a través de un artículo de Muñoz Molina titulado Los impuros de que han aparecido por Cataluña fotos de Juan Marsé adornadas con la palabra "renegao". Este feo atentado estigmatizador y segregador del nacionalismo catalán me recuerda un par de episodios de la vieja mili.
   El primero me ocurrió a mí. Estaba un día hablando con un compañero que era catalán y otro que era riojano y les contaba que yo había nacido en Barcelona, pero vivía en Madrid. El riojano resumió mi trayectoria con un chiste ácido: "O sea, que eres un catalán renegat". Nos echamos los tres a reír.
   El segundo es una anécdota que me contó un amigo. En su cuartel había un sargento un tanto guasón que, a los que eran particularmente idiotas o estaban particularmente descolocados, los llamaba apollardaos, salvo si eran catalanes: a estos los diferenciaba con la denominación de apollardats.  
   Parece ser que la actual Cataluña ya está acuartelada y con los papeles repartidos: a personajes tan dignos como Marsé, uno de nuestros mejores escritores vivos, alguna capillita inquisitorial les ha colgado el cartelito de renegats, mientras que el de apollardats se lo han reservado para sí mismos el cóctel de energúmenos, manipuladores, incendiarios, iluminados y  corruptos que navegan en la nave de los locos separatista.  

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Juana no está en mi casa (por fortuna)

   Me resultaría increíble que alguien no recordara la que a mi juicio ha sido la serpiente de este verano: el asunto de Juana Rivas, la mujer granadina que, cuando tenía la obligación legal de devolver sus dos hijos a su expareja, que tiene la custodia legal, escapó con ellos y se ocultó nadie sabe dónde, alegando que los niños corrían peligro si retornaban con su padre. Naturalmente, esto pudo suscitar en la ciudadanía muchas reacciones, entre las cuales era una posibilidad razonable hacerse estas preguntas: ¿puede alguien desobedecer un mandato judicial? ¿No es lo que ha hecho esta señora un secuestro o algo equivalente?  Estas preguntas resultaban muy pertinentes, dado que, en lugar de activarse una diligente búsqueda de Juana Rivas, lo que se produjo fue una especie de relajada pasividad, envuelta en una insólita feria de concentraciones de apoyo (aquellos cartelitos y aquellos gritos de "¡Juana está en mi casa!"), ruedas de prensa en las que una tal Francisca Granados la defendía con sobreactuada agresividad, reacciones de apoyo de políticos y famosos y una respuesta especialmente desafortunada, la de Mariano Rajoy, quien por aquellos días, a propósito del desafío soberanista, no paraba de decir que las leyes hay que cumplirlas, de manera que no debió contestar eso de "A las personas hay que comprenderlas" cuando le preguntaron por una Juana Rivas que estaba desobedeciendo un mandato judicial. En este contexto, acabó resultando también muy pertinente hacerse esta otra pregunta: ¿qué habría pasado si Juana Rivas hubiera sido Juan Rivas? Nadie puede negar que la violencia de género es un asunto delicadísimo, pero la ley que la afronta en España tiene notables grietas, eso lo han dicho muchas voces muchísimo más autorizadas que la mía. 
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    El resultado fue este: un lamentable esperpento en el que, a una persona que se había fugado con unos menores, la sociedad española la arropaba y jaleaba, los medios de comunicación sin duda la apoyaban (mírese el eco que le daban a la señora Granados) y muchos mandatarios le transmitían su solidaridad o su comprensión. ¡Qué imagen dimos! ¡Debimos de quedar como un país en el que las normas no valen para nada! Nos faltó frialdad y seriedad, racionalidad; una vez más, como ya viene siendo demasiado habitual y conducidos por unos medios de comunicación que parecen encontrarse comodísimos instalados en la demagogia, la corrección política y el sensacionalismo, nos dejamos arrastrar por la irreflexión. Desconozco lo que habrá de realidad y de mentira en los respectivos relatos de Arcuri y Rivas, pero nada justificaba tanta benevolencia y tanto respaldo para esta: era ella quien incumplía las normas, era ella quien arrebató a los niños; por otra parte, su conducta incluía cosas que no eran coherentes: después de la sentencia de maltrato de 2009, ¿por qué volvió con ese hombre e incluso tuvo otro hijo con él? Tampoco parece que hablasen en su favor el espectáculo que montó o su histrionismo: mirad las fotos que adjunto: ¿cuál es la verdadera Juana Rivas? Desde luego, rara vez la vimos serena ante las cámaras.
   Pero la cosa no ha terminado. Hoy se publica la noticia de que Francesco Arcuri, que durante todo este jaleo se mantuvo bastante discreto, ha decidido por fin pronunciarse, pero ya en serio, y no en la prensa rosa, y lo que piensa hacer tiene bastante enjundia. Si leéis la noticia que enlazo, su abogado afirma que Arcuri considera que en España fue zarandeado y difamado por medios de comunicación y políticos, así que piensa poner una demanda exigiendo una elevada indemnización. Otra cosa que piensa hacer es denunciar ante los tribunales europeos la ley española de violencia de género, a la que considera vulneradora de los derechos humanos de los hombres que viven en España, cosa con la que estoy absolutamente de acuerdo, y añadiría además que es terriblemente discriminatoria, algo bastante incomprensible. La noticia es interesante, os recomiendo leerla. ¿Acabará resultando que este carnaval de Juana Rivas es la vía por la que accedemos a la derogación o la reforma de la ley contra la violencia de género que tenemos en España, que tiene importantes defectos? Entonces, habrá merecido la pena pasarse el mes de agosto con este culebrón. 

Llevo dos horas mirando...

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...y no veo ninguna diferencia.

domingo, 27 de agosto de 2017

Ruindades (3)

   Lo vimos en las etapas más álgidas de la ofensiva independentista vasca y sucede también con la catalana: la ilimitada fe que los nacionalistas depositan en el visionado internacional de sus "conflictos" hace que por nada del mundo se pierdan una oportunidad de salir en la "tele": a la menor expectativa de que un evento vaya a tener repercusión internacional, se lanzan en picado. El sentido goebbelsiano que tienen de la propaganda les lleva a la siguiente estrategia: repitamos mil veces ante el mundo nuestras mentiras y conseguiremos que el mundo las acabe considerando la verdad; de ahí vienen las pitadas en los partidos milimétricamente preparadas, el asunto aquel de las giraldillas, la vía catalana...: espectaculares anuncios de un pésimo producto, pero no podemos olvidar que la publicidad puede hacer pasar por bueno lo malo, y mucho me temo que los gobernantes y políticos españoles no están contrarrestando bien esta táctica.
   Con esta premisa y sabiendo como sabemos lo justitos de decencia que andan los nacionalistas, ¿existe alguien que se haya sorprendido de que tomasen por asalto incluso un evento como la manifestación de ayer sábado, que se suponía que era para mostrar el rechazo ante unos sangrientos atentados terroristas, pero ellos la han infectado de su beligerancia separatista? A estos señores no les importan ni los muertos. Ya ayer por la mañana, varios medios coincidían en el término "encerrona" para referirse a lo que le esperaba al rey unas horas después y no cabe duda de que acertaron, pero no porque fueran adivinos, sino porque estaba cantado. Señalada ya esta gran ruindad general de la grosera usurpación, vayamos, una vez más, a los hechos concretos de otras más particulares.
    -Comité de recepción. En un breve artículo titulado Fue una celada, informa "El Mundo" de que el lugar desde el que debían partir las autoridades nacionales y el rey, antes de que estos llegaran, ya estaba tomado por unos tres mil radicales provistos de esteladas y cartelitos de esos que no te haces tú en tu casa, quienes enjaularon prácticamente a la comitiva y la sometieron a hostigamiento durante todo el recorrido de la manifestación. Señala el diario que ese punto de partida era un dato de carácter reservado: si es así, alguien de la organización tuvo que facilitárselo a los "espontáneos" manifestantes, y esto señalaría a la Generalidad o al Ayuntamiento de Barcelona; en la misma línea apuntaría otro dato que aparece en ese artículo: que la presunta representación civil que precedía al rey y al Gobierno de la nación también se giró para importunarles con carteles semejantes a los de los hostigadores. Si esto también es verdad, las instituciones organizadoras han saltado de la indecencia a la traición, que Dios nos pille confesados en todo aquello en lo que estén envueltos estos personajes tan carentes de límites.
    -Los cartelitos. Fijaos en esta foto sacada de "El País":
   Vista de la manifestación contra el terrorismo, en el paseo de Gràcia.
    Me he decidido a poner este mural que se me come medio artículo porque en él se aprecian bien esos carteles de fabricación industrial -azules, rojos, verdes, amarillos o blancos- que prácticamente inundaron la manifestación. La primera pregunta que nos sucitan es: ¿con qué fondos se han pagado? Y es pertinente, porque, si se ha hecho con fondos públicos, dado que están repletos de ataques al rey y al Gobierno de la nación, no sé hasta qué punto esto no debería investigarse. Lo siguiente que llama la atención son sus mensajes (se ven mejor en las ediciones en papel de los periódicos), en primer lugar, por las lenguas en que están escritos: catalán, inglés y, ¡prodigioso!, español. Aquí entra en escena el factor de propaganda goebbelsiana del que hablaba antes: la mente que está detrás de esta manipulación quiso muy bien que todo el mundo se enterase de lo que deseaba decir, así que se dejó de remilgos segregacionistas y se avino a instrumentalizar hasta la odiada lengua española, por la sencilla razón de que esa cuidada edición de consignazos fue el vehículo de lo más rastrero de sus injurias, cosas como "Felipe, quien quiere la paz no trafica con armas" o "Mariano, queremos paz, no venta de armas", más la contrapartida, es decir, el utopismo hipócrita que los ladinos autores de estos carteles quieren hacer pasar como su beatífica propuesta, sandeces fuera de contexto como esa de "Imagine a country that doesn't sell arms": puestos a no respetar a los muertos, estos genios tampoco tenían por qué respetar a John Lennon. No cabe la menor duda: iban a estar las "teles" de todo el mundo, así que había que manipular alto, claro y archirrepetido.
    -Algunas cosas que no son ruindades, pero que no deberíamos pasar por alto. Una vez pasada esta marea, hay una serie de cuestiones que afectan más al buenismo y la corrección política que a la vil manipulación, pero que considero perjudiciales o inadecuadas y quiero, por tanto, señalar. La primera está ya más que recalcada, pues han sido muchos ya los que han dicho que el lema de toda esta reacción, No tinc por, es bastante desafortunado, por mentiroso y por insensato: ¿cómo no se va a tener miedo a locos capaces de hacer lo que hacen los islamistas? ¿Qué sentido tiene jactarse de algo que es falso e irracional? Mucho me temo que detrás de esta estúpida elección lo único que había era el afán de eludir cualquier frase condenatoria, ni siquiera destinada a asesinos tan abyectos como los de Barcelona y Cambrils, los remilgos del buenismo carecen de sentido del ridículo. Y esto, por no hablar de otro matiz que en lo que atañe a la tragedia de los atentados es irrelevante, pero que, si cambiamos de ámbito y atendemos a la más que probada manipulación que el nacionalismo ha ejercido sobre este asunto, importa mucho: una vez más, el español ha quedado relegado: tendríamos que hacer lo posible por dejar de complacer a los separatistas en el juego de convertir al español en una lengua vergonzante, segundona, que hay que usar pidiendo perdón y con la inmediata traducción al catalán para no pecar, a no ser que seamos tan gili_ _ _ _ _ _ de no habernos dado cuenta de que la anulación y estigmatización de la lengua española es una de las bazas esenciales de los planes separatistas, que llevan años castigando su uso y a quienes la usan. Tampoco es desdeñable el posicionamiento que se ha adoptado ante el islam: este asunto es tremendamente delicado, así que convendría que, incluso mentes tan fanatizadas como las del nacionalismo catalán, lo tratasen con muchísimo cuidado, me explicaré. En la demencial variedad de frases de los cartelitos de colorines, junto a las temerarias acusaciones contra el rey o el presidente del Gobierno de la nación, había otra que decía: "No a la islamofobia". Uno podría preguntarse dos cosas: primera: ¿no podría dar la impresión de que para los manifestantes los malos de esta película eran Felipe VI o Mariano Rajoy, antes que un puñado de asesinos que han matado en nombre del islam? Segunda: está claro que los islamistas no son el islam, que este no debe ser criminalizado y que debemos respetar a los millares de buenos musulmanes que viven en España, pero, ¿acaso esa manifestación estaba motivada por algún ataque contra el islam? Por supuesto que no: estaba motivada por horribles atentados cometidos por, nos guste o no, personas procedentes del islam, así que ese cartel era completamente inadecuado, y no solo eso, sino que podría suministrar argumentos a los círculos de los que proceden los asesinos, lo cual sería lo único que nos faltaba: que un día saliera cualquiera de esos mamarrachos que actúan como portavoces del terrorismo islamista diciendo que atentaron aquí porque somos unos islamófobos. Todas estas razones valen para otra cosa que me parece un tremendo error: haber dado la voz a una musulmana en la lectura del comunicado final: está muy bien que queramos que no se estigmatice a los musulmanes, pero, habiendo víctimas de más de treinta nacionalidades, ¿no parece un despropósito conceder tal relevancia precisamente a la comunidad de la que procedían los asesinos? ¿No cabe incluso la posibilidad de que esto haya herido la sensibilidad de alguna víctima? Habrían tenido los organizadores de la marcha que ser más serios con esto: la muerte y el terror deben ser tomados muy en serio y sus víctimas tratadas con mimo, pero ellos han preferido decantarse por un buenismo frívolo y superficial: cualquiera diría que no han aprendido de la trágica experiencia que por desgracia nos han aportado a los españoles lo desmanes del nacionalismo radical vasco.  

sábado, 26 de agosto de 2017

Ruindades (2)

   Se veía venir: si la indecencia nacionalista no conoce límites, era de esperar que, tal y como insinué en mi artículo del pasado día 20, esta peña iba a seguir agregando basura a la que ya había empezado a segregar entonces. Vayamos, una vez más, a los datos concretos:
   -Carles Puigdemont. A solo una semana de los atentados de Barcelona y Cambrils, se descuelga acusando al Gobierno español y manipulando de una manera tan estulta como miserable la actuación de los mozos para hacer propaganda de su plan separatista. El fanatismo, la obcecación y la falta de principios de este sujeto son difíciles de superar, cómo será la cosa que hasta él mismo hace constantes alusiones a que la cárcel está en el horizonte que le espera.  
   -Ada Colau. ¿Cómo es posible que haya llegado tan alto un personaje como esta señora, cuyos principales adornos son la hipocresía, la mediocridad, el autoritarismo, la incompetencia y un rencoroso encarnizamiento contra todo aquello que su mentalidad de ácrata apolillada señale como enemigo, ya sea lo español, los aficionados a la selección o unos militares que van a presentar su oferta educativa en una feria? Para explicarlo no basta la anómala situación política que han dejado en España la crisis y la desmesurada corrupción de las últimas décadas, sino que hay que tomar en consideración que lo de la política catalana es muchísimo peor: aquello es ya un repugnante esperpento. Entonces se empieza a entender. En su afán por capitalizar la manifestación de hoy, se  ha permitido declaraciones como estas
    El acto seguirá como tenemos programado. Todo aquel que venga tendrá un lugar. Hemos vivido una semana intensa atendiendo a las víctimas. La ciudadanía ha tenido una respuesta ejemplar que culminará con una manifestación por la paz.
    En apariencia, estas palabras son impecables, pero, contextualizándolas en la actual situación política española, ocultan una serie de mensajes implícitos muy lastimosos. Está en primer lugar ese "tenemos" que subrayo: o es un plural mayestático o es un plural a secas que incluiría a ella y a los de su bancada, esos que han conseguido secuestrar la respuesta mediática a los atentados, pero desterraría a todos los demás: en cualquier caso, es una traición del subconsciente, una forma que confirma lo que todos sabemos: que la señora Colau ha puesto un particular empeño en relegar a un segundo plano a todo aquello que no fuera de su gusto, o sea, el rey, el presidente del Gobierno, los ministros...: lo "español", el "Estado", en suma. Y si alguien no lo ve así, que observe cómo la alcaldesa que padece Barcelona, con las siguientes palabras que pronuncia, insiste en recalcar que ella es la dueña de la manifestación: "Todo aquel que venga tendrá un lugar". ¡Pues claro, señora Colau!, muchas gracias por darnos permiso para adherirnos a "su" manifestación, pero no era necesario, ¿o es que no se ha enterado de que en España existía el derecho de manifestación desde mucho antes de que a usted la hiciera alcaldesa un delicado equilibrio de fuerzas políticas? En este país cualquiera tiene lugar en cualquier manifestación, incluso aunque no lo diga usted. Queda, por último, lo de la manifestación "por la paz"; sí, la paz está muy bien, pero sucede que España no está en guerra y esta manifestación está motivada por unos brutales actos terroristas, así que no es una manifestación por la paz, es una manifestación contra el terrorismo. Desde su primera reacción, la alcaldesa de Barcelona ha estado eludiendo este término e intentando taparlo con las palabras "paz", "solidaridad" y otros dignísimos conceptos que no venían al caso, sin darse cuenta de que este truquito de los eufemismos hace mucho tiempo que ya no cuela, porque ya lo dejaron muy resobado los batasunos, el PNV y otros farsantes de parecido pelaje. 
    Me temo que esto continuará.   
    

domingo, 20 de agosto de 2017

Ruindades

   Por increíble que parezca, algunos no han sido capaces de guardar la compostura y controlar sus miserias ni siquiera en situaciones tan delicadas como la producida por los recientes atentados en Barcelona y Cambrils. Veamos unos ejemplos:
  -Joaquín Forn, el consejero de Interior de la Generalidad, ha informado acerca de las víctimas del atentado de Barcelona haciendo diferenciación entre las catalanas y las de "nacionalidad española". Tenéis más información aquí. Habíamos visto ya a este señor dando claras muestras de sus posturas totalitarias, así que no extraña mucho esta mezquindad, que demuestra que tampoco es que sea muy respetuoso con las desgracias personales.   
  -De la ANC lo raro hubiera sido un comportamiento decente. En una de sus cuentas de Twitter, pide que no se utilice la bandera española para mostrar la solidaridad con las víctmas de los atentados. Podeís verlo aquí.
   -La CUP no irá a la proyectada manifestación contra el terrorismo si va el rey. ¿Por qué? Porque, según su diputada Mireia Boya, él y el Gobierno (el de la nación, por supuesto), son "imagen de un imperialismo económico que ha financiado los atentados del jueves pasado". Podéis ver aquí esta nueva muestra de sensatez de los cuperos, sin cuya colaboración sería inviable la orgía de despropósitos en que consiste la política del actual Gobierno de Cataluña. El tufillo batasuno de la CUP no debería ser menospreciado en absoluto.
          Si buscase un poco más o esperase unos días, seguro que podría sacar más muestras de la acendrada calidad moral de los independentistas catalanes, pero creo que estas tres perlas son ya suficientemente significativas. 

viernes, 18 de agosto de 2017

Atentado en Barcelona

   En homenaje a esos amigos que han muerto o han sufrido daños en el trágico atentado de ayer en las Ramblas.

Tienes un amigo

martes, 8 de agosto de 2017

Pisarello, Fachín y una dama de Madrid

   Hace algún tiempo, acudí a un acto en el Ateneo de Madrid en el que participaba una señora madrileña en calidad de delegada en Madrid de las organizaciones independentistas que están a favor del referéndum secesionista en Cataluña. La situación, como veis, ya era de partida bastante surrealista, como no es raro que suceda en torno a este asunto del prusés, pero la guinda colaboré yo mismo a ponerla cuando, en el turno de preguntas, le planteé a la madrileña representante del independentismo catalán la siguiente cuestión:
    -Yo nací en Barcelona, pero vivo en Madrid desde hace muchos años: ¿para ustedes soy catalán?
    Respuesta:
    -Usted será lo que usted elija.
    O sea, que, según los organizadores de este circo, si mañana elijo ser jirafa, picaporte de latón o marciano, eso está hecho. Naturalmente, la cosa no iba por ahí, sino por otro lado que aquella señora sabía muy bien, por eso eludió la respuesta varias veces, hasta que al final yo mismo dije en voz alta la razón: aquella catalanista madrileña se negaba a reconocer que yo soy catalán porque, tal y como han planteado su referéndum los independentistas, si se llevase a cabo, podrían votar en él los nacidos en Cataluña residentes en el extranjero, pero no los residentes en el resto de España, como es mi caso, naturalmente, porque los separatistas saben que somos casi todos contrarios a su montaje. Una prueba más del carácter excluyente del separatismo catalán, como de todo separatismo que se precie. 
    Casos de intrusos que se permiten meter el cucharón en un potaje que no es el suyo los hay mucho peores que el de esta señora de Madrid. Poco antes de las elecciones autonómicas de 2015, un provocador llamado Alfred Bosch montó una miniguerra de banderas en el Ayuntamiento de Barcelona de la que me ocupé en un artículo titulado Manual de perversiones. Incluía allí este vídeo, en cual puede verse cómo Gerardo Pisarello, el primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona, no hubiera tenido inconveniente en que se colgase la estelada del balcón consistorial, pero interviene airado en cuanto aparece la bandera española:

    El argentino Pisarello ha tenido algunas otras actuaciones muy desafortunadas, en especial, la retirada del busto de Juan Carlos I del salón de plenos del Ayuntamiento de Barcelona.
     Estos días está sonando el nombre de otro paisano suyo, este, de Bahía Blanca, el señor Albano Dante Fachín, que se ha visto envuelto en una polémica con Pablo Iglesias acerca de si los podemitas catalanes tienen o no que votar en ese referéndum previsto para el 1 de octubre. Gracias a don Albano, me queda claro que España tiene que ser un Estado plurinacional, pero este aún va más lejos y tiene la poca cabeza de decirle a Iglesias que, obviamente, no votará en ese referéndum porque es un chico de Vallecas. No sé lo que le habrá dicho Iglesias al señor Fachín, pero yo, que soy un poco terco, a este chico de Bahía Grande le pondría ante el mismo conflicto que ya le planteé a la señora aquella de Madrid: ¿qué le parece que en ese referéndum sobre la independencia de Cataluña que él encuentra tan perentorio no se me permita votar a mí, que soy un chico nacido a dos pasos de las Ramblas? Ni que decir tiene que lo que yo reclamo no es el derecho a votar en tal evento, pero la contradicción ahí queda.
    Lo que sí reclamaría es un poquito de prudencia. ¿Quién era aquella señora de Madrid para regatearle a uno de Barcelona su condición de catalán? ¿No le parece al señor Pisarello un buen manojo de excesos venirse desde Tucumán a independizar Cataluña y ofendernos a los españoles arrinconando a Juan Carlos I y postergando a nuestra bandera? ¿No cree el señor Fachín que, hablando de asuntos de España, es una muestra de prepotencia que alguien nacido en Bahía Blanca ironice con el origen vallecano de quien sea? ¿Quién es él para recomendar que España sea plurinacional, metanacional o antinacional? ¿Qué narices saben de España los argentinos Pisarello y Fachín para mangonear en su ordenamiento territorial, que es una cosa importantísima? El régimen de libertades en que vivimos y la elogiable generosidad con que acogemos a los de fuera son dos virtudes de nuestra sociedad de las que han abusado estos dos personajes. Particularmente en el caso de Gerardo Pisarello, preocupa que pueda llegar tan alto como ha llegado para hacer las cosas que está haciendo: por si no tuviéramos suficiente con nuestros impresentables de aquí, nos vamos a buscarlos fuera.

jueves, 20 de julio de 2017

El guerracivilismo independentista no va de broma

   Todos estamos viendo cómo en los últimos tiempos la agresividad verbal de los independentistas catalanes está disparando su ya de por sí elevado tono, lo que se concreta en la multiplicación de mensajes rebosantes de jactancia, desprecio, insultos y amenazas. Si me lío a poner enlaces, me sale un artículo de seis páginas, así que me limitaré a poner como ejemplo el maratón de prepotencia en que se ha embarcado en apenas unos días Jordi Turull, nada menos que consejero de Presidencia y portavoz del Gobierno autonómico catalán, amenazando, riéndose del Tribunal de Cuentas o, por otro lado, soltando esa bravata de los hiperventilados y los tiquismiquis. Es asombroso: tiene uno que mirar diez veces la noticia para convencerse de que la persona que se pronuncia en estos términos no es un matón de taberna, sino lo equivalente a ministro de un Gobierno del que es el mensajero oficial. Pero es también un tanto absurdo asombrarse, dados los actos y desafíos delirantes que estamos viendo perpetrar a ese Gobierno, actos que ofenden no ya al sentido democrático, sino a la propia racionalidad.
    Entre los últimos, los más alarmantes sin duda han sido los cortes de cabezas, en un vuelco político de tufos revolucionarios en el peor sentido de la palabra. Y la culminación han sido los relevos en Interior y los Mossos D'Esqudra, que han quedado en manos, respectivamente, de Joaquim Forn y Pere Soler, dos extremistas cuyo currículum y primeros pasos ponen los pelos de punta. Ya en 2012, a propósito de unas declaraciones del entonces consejero de Interior Felip Puig en torno precisamente a los Mossos D'Esqudra, empecé a hablar del guerracivilismo de los separatistas catalanes, y muchos me llamaron exagerado, lo que también me sucedió cuando después empecé a comparar el procés con un golpe de estado, cosa que ya están haciendo otros muchos, entre ellos, Sociedad Civil Catalana, que sabe de qué habla. Si unimos lo que ya en 2012 decía Felip Puig con lo que está pasando ahora, ya no puede quedarle duda a nadie de lo que algunos hemos visto siempre: que estos señores van terriblemente en serio en sus propósitos golpistas y su talante guerracivilista.
    Otra consecuencia de esta chifladura valleinclanesca es que, más tarde o más temprano, dado que la cosa ya se parece cada vez menos a un juego y estas acciones generarán responsabilidades acordes con su gravedad, es muy probable que algunas o muchas de estas personas hoy tan aguerridas acaben mañana en la cárcel. Lo digo ahora, veremos lo que acaba ocurriendo.

lunes, 10 de julio de 2017

La elocuencia de una foto

La actriz y cantante Paquita Rico en 1981.
   Leo la noticia del fallecimiento de Paquita Rico, la famosa actriz y cantante que fue una de las reinas del cine español de los años 50 y 60, descanse en paz. Era una mujer de extraordinaria belleza que protagonizó nada menos que ¿Dónde vas, Alfonso XII?, una película mítica del cine español, y participó en otras como La viudita naviera, Viva lo imposible y El taxi de los conflictos, de las que como mínimo se puede decir que en su día tuvieron mucho éxito. No voy a descubrir nada acerca de la figura de Paquita Rico, sobre quien naturalmente podréis encontrar mucho en internet, y en realidad el motivo de este artículo es la foto con que lo ilustro, obtenida en 1981, año en que la actriz era desde hacía tiempo una celebridad. Ahí la tenemos, con una copa en la mano, que no podía ser sino de anís, concretamente, de la marca Bendor, cosa que deducimos de la botella que descansa sobre la mesa, con la inconfundible campanilla que la casa utilizaba como reclamo en su publicidad televisiva, en la que, por cierto y como quizás algunos recordéis, el producto se ofrecía para las mujeres. La foto no engaña: en el año 1981, esta señora se presentaba en los medios consumiendo alcohol, ¡qué incorrección! Pero no se queda ahí la cosa: ¿os habéis fijado en los dos paquetes de tabaco que hay sobre la mesa? Uno de Fortuna y otro de otra marca que parece L&M, o sea, que Paquita Rico o alguien que estaba allí fumaba, pecado que confirma el cenicero lleno de colillas. ¡Cuantísimo vicio en una sola foto! Hoy en día, una foto así sería imposible, porque nuestros famosos cuidan escrupulosamente su imagen, y todos sabemos lo mal visto que está eso del alcohol y el tabaco: aquí todo el mundo bebe agua de grifo y nadie toca un pitillo. Qué virtuosos nos hemos vuelto con el paso de los años.   

miércoles, 28 de junio de 2017

A mis amigos Álvaro y Gerard

   En el año 1981, mientras hacía la mili en Pontevedra, me hice amigo de un chico que se llamaba Álvaro y vivía en Cataluña, donde se encontraba muy a gusto trabajando como profesor de EGB. Era gallego, y no recuerdo ahora las razones exactas por las que acabó cruzando el mapa, pero sí sé las que le llevaron a volver a cruzarlo en sentido inverso, porque me las contó años después, cuando coincidí con él en una celebración de viejos compañeros de fatigas militares: no fueron otras que la persecución del independentismo. Por lo que me dijo, la presión por el uso del catalán llegó un momento en que se hizo asfixiante en la enseñanza en toda Cataluña. En su centro, que era público, se implantó una figura de corte absolutamente inquisitorial, un profesor encargado de vigilar que los demás profesores diesen las clases en catalán. Después de un periodo de resistencia contra los abusos de uno de estos torquemadas y del  entorno despótico en el que militaba, mi amigo se cansó y, sabiendo que en Galicia podía vivir muy bien y libre de acosos totalitarios, decidió abandonar Cataluña: uno más de los cientos de miles de exiliados que el fascismo nacionalista ha producido en España. Recuerdo aquella conversación: la simpatía con que Álvaro hablaba de Cataluña cuando éramos jóvenes se había convertido en una decepción con matices de amargura. 
    Esta historia me la ha recordado el artículo titulado Laura, historia de un amor prohibido, que publicó hace unos días mi amigo Gerard Romo en Antididáctica, su blog. Recomiendo que lo leáis, aunque os voy a decir muy sucintamente lo que cuenta: cuenta que, hará unos quince años, una alumna se disculpó un día ante él porque los alumnos de su clase habían tenido que decirle al coordinador pedagógico de su centro que Gerard daba sus clases en castellano y no en catalán; cuenta el estupor que le produjo el descubrir que el coordinador pedagógico se dedicaba a tan indecente control;  cuenta el cúmulo de infamias que se tejían en torno a estas cosas de coordinadores pedagógicos. Pero el artículo tiene mucho más, leedlo. Señalaré solo otra cosa de la que habla: del indecente y cómplice abandono que los gobiernos centrales han perpetrado ante los abusos del independentismo, únicamente por la miserable limosna de unos apoyos parlamentarios puntuales. También Gerard recuerda su historia ya pasada por un detonante actual: los abucheos con que ha recibido al ¿Honorable? Puigdemont el barrio de Llefiá, lugar donde se encuentra el instituto de ese "Coordinador Pedagógico" que hacía lo que todos los de su ralea, ahí está la historia de mi amigo Álvaro para confirmarlo.
   ¿Podrá alguien que no sea muy imbécil, muy desinformado, muy ingenuo  o muy cínico ignorar que en Cataluña -como pasó y parece que sigue pasando en el País Vasco- el independentismo ejerce sobre los que considera sus enemigos prácticas propias de regímenes dictatoriales? En Cataluña, el segregacionismo nacionalista es ya viejo, intenso y extenso en el mundo de la educación, donde se ha manifestado especialmente en la inmersión lingüística y las mil canalladas que la concretan, pero, a lo largo ya de décadas, hemos visto muchas otras cosas que atentan contra la convivencia y la democracia: el acoso al castellano en calles, cultura, instituciones y hasta rotulación de comercios; la quema de banderas, fotos y textos legales; las pitadas al himno; los abucheos y hostigamientos a personalidades "españolistas"; las agresiones a personas, incluso niños, que llevasen símbolos nacionales; los insultos y menosprecios a lo español; la usurpación de funciones del estado; el uso de bienes públicos para impulsar la independencia; las prohibiciones de poner pantallas para ver a la selección española; las agresiones a sus aficionados; las tergiversaciones de la historia, hasta con disparates como decir que Cervantes era catalán (y en "congresos" financiados con dinero público); el control propagandístico de los medios de comunicación; las amenazas de corte batasuno (es decir, partidario del asesinato) contra políticos o ciudadanos de a pie... Todo este amplio catálogo de conductas totalitarias lo ha ejercido el nacionalismo catalán ante la pasividad del PP y el PSOE cuando poseían el gobierno de la nación. Y aún tenemos que soportar que personajes como Puigdemont, Forcadel, Munté, Homs y otros de su pelaje ensucien la verdad presentándose como valedores de la democracia. Gerard es pesimista; en su artículo llega a decir literalmente que está ya próxima la independencia de Cataluña. Ojalá se equivoque; en todo caso, la discordia y el miedo que el fascismo nacionalista ha sembrado en Cataluña no son cosa que se elimine en un par de semanas. Sus causantes directos tienen una grave responsabilidad, pero quienes pudieron y debieron hacer algo para frenar los abusos y no lo hicieron tampoco pueden tener la conciencia muy tranquila.

domingo, 18 de junio de 2017

Praxis educativa. 22: el mito de la vocación

      Uno de los tópicos que circulan por ahí a la hora de juzgar a los profesores o de determinar lo que hace falta para ser un buen profesor es la creencia de que, para serlo, es inexcusable ser un vocacional del oficio. Me parece una absoluta falsedad, pues he visto grandes profesores que no eran vocacionales, mientras que, por otra parte, puedo dar fe de que, por sí sola, la vocación no hace buenos profesores, ya que, de los que he conocido que se declaraban vocacionales, unos cuantos eran mediocres o muy malos. Lo que, como en todos los oficios, debe ser un buen docente es un profesional, cosa que no quiere decir que sean rasgos incompatibles, ya que hay muchos profesores que son las dos cosas a la vez.
    Parece mentira que tenga uno que ponerse a razonar lo obvio, pero, como en tantas otras ocasiones, nos enfrentamos en este caso a una de esas confusiones que ha sembrado en la sociedad la mitología pedagogista, que ha creado un concepto de la educación envuelto en unos tintes un tanto místicos, quizás porque, como observan algunos, la pedagogía española tiene una génesis muy vinculada a la Iglesia, ya sea por el pasado clerical de algunos de sus defensores o por proponer  a veces técnicas que recuerdan a los parvularios monjiles. El mismo término "vocacional" delata ese origen: el primer significado que el diccionario de la RAE da para "vocación" es este: "Inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión", con lo que la Docta Casa me da respaldo a la respuesta con que suelo replicar a quienes me vienen con esta monserga de la vocación: la vocación, para los apóstoles y para los curas. Y es que no cabe duda de que lo que tenemos que ser los profesores es profesionales, porque lo nuestro es algo tan honroso como un oficio, el oficio con que nos ganamos la vida, cosa que muchos suelen olvidar: no somos sacerdotes de ninguna religión, apóstoles de ninguna fe ni misioneros llamados al sacrificio. A los profesores la gente acostumbra a pedirnos más de lo razonable, lo digo porque, entre los que salen con esto de la vocación, sueles encontrarte, por ejemplo, a padres que te demandan cosas que no puedes o no debes darles, o a hipócritas que se escandalizan de que los profesores aspiremos a sueldos dignos, como si para vivir no fuera suficiente con el aire y la dicha de ejercer nuestra vocación.
    Nótese, pues, que hay en esto del profesor vocacional mucho interés encubierto. En ello están también los pedagogistas, porque, cuando ensalzan su figura, en realidad están defendiendo su particular visión de la enseñanza, en la que para el profesor son secundarios los conocimientos y fundamentales cosas como el entusiasmo, lo emocional, el amor a la profesión... Vuelvo a lo mismo: el amor está muy bien para los novios y para las comedias de Julia Roberts, pero el buen profesor lo primero que tiene que hacer es desempeñar bien su oficio; si alguien dice: "Pablo López es un profesional", está constatando mi capacidad para ejercer bien y de forma fiable la tarea para la que la sociedad me paga, mientras que si dijera: "Pablo López es un vocacional" estaría constatando que entré en la enseñanza por un íntimo deseo de ejercerla, cosa, como se ve, muy diferente de la anterior, muy subjetiva y que no garantiza para nada lo que a mis alumnos les interesa: que les enseñe bien mi asignatura. Y eso, que nadie me malinterprete, puede hacerse perfectamente teniendo una excelente relación con los alumnos y estando muy a gusto con el trabajo de uno, cosas que no son incompatibles con la profesionalidad; decir que quien no es un vocacional es un amargado y un frustrado, como si la simpatía y la satisfacción fuesen monopolio de los vocacionales, es una interesada tergiversación.
    Vuelvo, para terminar, a uno de los factores que más marcan la superioridad del profesional sobre el vocacional: la objetividad de sus principios. Las deontologías profesionales están basadas en fundamentos más sólidos, concretos, claros y objetivables que las muy subjetivas éticas vocacionales. Alguien que aspire a ser un buen profesional sabe muy bien lo que tiene que hacer, como se saben muy bien las cosas que le convierten a uno en un mal profesional. Esto es transparente: conocer tu oficio, conocer tu asignatura, conocer los programas, saber lo que tienes que dar, saber administrarlo, saber transmitirlo, tratar bien y con respeto a tus alumnos, programar bien tus cursos y tus clases, evaluar con justicia, preparar bien tus clases, hacer que sean sustanciosas, llevarlas bien, controlar los grupos... Estas cosillas y algunas otras en la misma línea te convierten en un profesional de la enseñanza, una de esas personas a cuyas manos se pueden confiar tranquilamente nuestras tiernas criaturas. Y son claras y meridianas, cualquiera puede verlas y entenderlas, están ahí para todos. ¿Puede decirse lo mismo de las particulares y subjetivas razones que llevan a cada vocacional a sentir la llamada de la educación? ¿Quién ha visto nunca una deontología vocacional? Podemos decir "María es una gran profesional", pero casi ni tiene sentido decir "María es una gran vocacional", porque eso de la vocación pertenece al mundo de lo insondable y no se puede medir.
    Así pues, como los profesores somos personas normales, es mucho más razonable y también más beneficioso para esos alumnos a los que nos debemos que aspiremos a la humilde condición de profesionales y a metas tan mediocres como esa de que un día se diga de uno: "Es un gran profesional", y dejemos la vocación para los tocados por la varita mágica de la pedagogía. De cualquier forma, no quiero cerrar este artículo sin advertir que he visto, a lo largo de mi carrera, grandes disparates cometidos por vocacionales, ya que suelen tener el pequeño defecto de que, como están guiados por altísimos designios y sublimes ideales, algunos de ellos se comportan como iluminados que se creen superiores al resto del mundo: hagan lo que hagan, estará bien hecho, su elevada vocación lo justifica todo. Esto, cuando uno se trae entre manos la educación de niños y jóvenes, encierra sus peligros.    

sábado, 10 de junio de 2017

El reventón del Calendario Cantabriano

   Se veía venir desde el principio, bastaba solo con analizar con un poco de detenimiento el engendro (como hizo vuestro amigo el guachimán aquí y aquí) para darse cuenta de que el calendario cantabriano propuesto / impuesto por el consejero de aquella autonomía, don Ramón Ruiz, era un auténtico despropósito que iba a ser inviable y no iba a crear más que problemas. Hoy viene en ABC una noticia informando de que este señor -a quien a estas alturas no queda más remedio que considerar un iluminado-, no contento con el desarreglo que ha ocasionado y que ha producido ya el tremendo descontento que relata la noticia, piensa para el curso que viene ir todavía más lejos, y se habla de desatinos como restar días de vacaciones al periodo de Semana Santa o comenzar el segundo trimestre ¡el 2 de enero!, y todo ello, al parecer, con el apoyo de los sindicatos de la enseñanza, que se están cubriendo de gloria una vez más. Si leéis la noticia, de ella puede desprenderse que han ocurrido un montón de cosas que ya había destapado o anticipado vuestro seguro servidor, quien va a verse obligado -una vez más- a colgarse la medalla de profeta. Aquí tenéis algunas:
    -Que el señor Ruiz ha engañado a todo el mundo.
    -Que eso de la "adaptación a Europa" era un camelo y que lo que sí se ha producido ha sido una "desadaptación" a España.
    -Que el encaje de sus famosos y dudosos "cinco periodos homogéneos" no podía hacerse sino incrustándolos a martillazo limpio en el calendario a secas, una auténtica chapuza.
    -Que, consecuentemente, iba a causar muchos problemas de armonización entre la vida de las familias y las obligaciones de los escolares.
     -Que suponía un muy perjudicial exceso de parones, con las consiguientes pérdidas de atención prevacacionales, pérdidas de ritmo postvacacionales, innecesario aumento de exámenes...
     -Que no iba a aportar ningún beneficio y sí un buen montón de problemas.
    Aviso a navegantes, en especial, a esos que no sé muy bien por qué vieron virtudes en la demagógica chapuza cantabriana: lo que funciona no hay por qué arreglarlo, y el calendario escolar español ha funcionado desde tiempo inmemorial, en nuestra enseñanza son otras las cosas que petardean; advierto esto porque la fiebre actual de intentos de cambio de los calendarios (aquí tenemos otra secuela del desbarajuste autonómico) no obedece a una necesidad real, sino a inconfesables intereses de la demagogia política. 
    A mí este asunto del Calendario Cantabriano me ha recordado desde el principio al Calendario Juliano de aquel ministro de Franco de los años setenta, Julio Rodríguez, y lo inquietante del caso es que aquel señor, a causa de sus disparates y abusos, apenas duró en el cargo un año, mientras que al señor Ruiz, que yo sepa, no se ha oído que don Miguel Ángel Revilla piense mandarlo a pescar anchoas: ¿va a acabar resultando que los consejeros autonómicos de hoy son más incombustibles que los propios ministros del franquismo?
     

lunes, 29 de mayo de 2017

Ahora resulta que los profesores también somos racistas

   O, peor dicho, microracistas (así, con una erre), si hemos de creernos lo que cuenta en el artículo Microracismo en el aula "El Confidencial", medio al que quizás le convendría estar más atento a su seriedad, su objetividad y, naturalmente, su ortografía, cosas de no poca importancia en un periódico, aunque sea de internet. Por lo que se deduce de la lectura del artículo, a un periodista llamado Moha Gerehou se le ocurrió crear en Twitter una etiqueta titulada ProfesRacistas y, ¡halehop!, como por arte de magia, en cuestión de horas o quizás minutos y fundamentándose en sólidas argumentaciones de 140 caracteres, de manera tan repugnante como sensacionalista, se alzó sobre un colectivo de cientos de miles de profesionales la muy severa acusación de racismo. El artículo que cito no serviría, desde luego, para aumentar el prestigio de "El Confidencial" (si es que lo tiene),  ya que cae en prácticas imperdonables en un medio informativo, aquí señalo unas cuantas:
    -Condena a un gran colectivo haciendo extensivas a su cojunto y generalizándolas una reducidísima serie de conductas particulares.
    -Tales conductas concretas están presentadas con absoluta vaguedad: no se sabe muy bien ni quién, ni cuándo ni en qué situación concreta las llevó a cabo. Podrían perfectamente ser episodios inventados o retocados.
    -Se atribuyen al profesorado actos inespecíficos de la profesión, como el caso ese que cuenta de la profesora que dijo (además, en un encuentro en la calle) que las mujeres negras están más preparadas para el dolor. Eso es una simple estupidez que podría decir cualquiera, de cualquier profesión, condición o raza (sí, amigos míos: una tontería así también podría decirla un negro, ¿o acaso no?), no es necesariamente una aviesa aberración fruto de la perversa y racista mente profesoral.
   -Se retuercen inquisitorial y malintencionadamente las cosas: no todo lo que los fervorosos twiteros presentan ahí como actos racistas lo son: no es racismo y ni tan siquiera "microracismo" preguntarle a un alumno si ha entendido bien algo, como tampoco lo es preguntarle a una alumna de origen argelino por la política de Argelia. Qué decir de lo que cuenta en el artículo una persona llamada Soraya Guenna acerca de un episodio relacionado con el intento de asesinato de Malala Yousafzai: ¿acaso no fueron musulmanes los que intentaron matarla? ¿Qué le dijo exactamente a la señora Guenna su profesor de Filosofía? ¿Era de verdad tan malvado y racista como ella pretende? Para eso tendría que creerme su versión, la cual, siento decirlo, me genera dudas.
   En conclusión, se reflejan en el artículo diversas conductas, entre las que hay algunas que son groseras o incluso podrían -de conocerse los casos en profundidad, y no por una mera anécdota mal bosquejada- ser realmente racistas, pero, leído en su conjunto, lo que rezuma es más bien un exceso de susceptibilidad, un rigor claramente guiado por el afán de poder colgarle a alguien -en este caso, al respetable y voluminoso colectivo de los profesores- la etiqueta de racista. Otra cosa que resulta evidente es que algunas de estas acusaciones son más bien el fruto de un rencor personal de los acusadores hacia el profesorado en general o hacia algún profesor en particular, del que se estarían vengando con no pocas vileza e hipocresía.
   Precisamente ayer, en su artículo La nueva burguesía biempensante, hablaba Javier Marías, con su habitual perspicacia, de los nuevos anatemas que esa neoinquisición llamada corrección política está imponiendo sobre la sociedad y se encontraba entre ellos la falsa acusación de racismo. Había también en el artículo una atinada observación al partido que estos Torquemadas de hoy le están sacando a la proliferación del prefijo "micro": ¡a este Marías no se le escapa una! Parece claro que ciertos pescadores de río revuelto no tienen inconveniente en buscar notoriedad a base de lanzar con ligereza acusaciones muy graves contra quien sea; bueno sería que "El Confidencial" y el señor Gerehou se dedicasen a cosas serias y de provecho, como hacemos, con nuestros aciertos y errores, la inmensa mayoría de los profesores, que no tenemos por qué ser víctimas de su demagogia, su oportunismo, su superficialidad y sus aficiones inquisitoriales.