miércoles, 24 de noviembre de 2010

Mis diez mejores películas de terror

Este artículo se publicó en Mi blog difunto el 16 de julio de 2009

Cualquiera que me conozca a fondo sabe muy bien que no soy más miedoso porque no entreno, y aun así, me encantan las pelis de terror, ya veis, cosas de la vida. El cine de terror tiene sus paradojas, como todos los cines de género: está muy ligado a la serie B y sin embargo ha producido alguna que otra obra maestra; puede darte en auténticas birrias de películas una o dos escenitas que salven el resto a base de lo que se espera de una peli de terror: que te haga pasar miedo o te dé unos sustos de muerte; es irracional por definición y, sin embargo, gusta a personas que son modelo de racionalidad... Por lo demás, es un filón inagotable, no solo en la gran pantalla, sino en la televisión: ahí tenemos aquellas películas de la productora Hammer, con sus Dráculas y demás horrores y sus efectos especiales que hoy nos hacen partirnos de risa; ahí están los desparrames de John Carpenter o de Darío Argento; más allá tenemos las Historias para no dormir de Narciso Ibáñez Serrador, que nos hicieron palmar de un infarto allá por los años sesenta... A propósito de este último, recuerdo que él mismo solía hacer unas presentaciones de sus episodios que eran un alarde de humor negro. Y es que, curiosamente, el buen cine de terror ha ido a menudo unido al humor.


Como estamos de vacaciones y el que más el que menos vais a acabar en algún pueblo con cine de verano, de entre las muchas películas de terror que he visto, os he entresacado las diez mejores (no ha sido fácil), para que no dejéis de pasar a verlas si las ponen en vuestro lugar de veraneo. Ahí van:

La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968). De esta como de algunas otras que os pongo, ha habido secuelas y versiones, pero me referiré siempre a la versión que cito, que en general, será la original y la mejor. ¿Os gusta el estofado de carne? ¿Y qué diríais si fueseis vosotros el contenido de la olla? Como ya sabréis, por ahí van los tiros en esta joya en blanco y negro, que es cortita (unos 80 ó 90 minutos), la angustia en estado puro tampoco conviene prolongarla. Extraordinario final.

Drácula (Francis Ford Coppola, 1992). Ha habido infinidad de Dráculas y vampiros en el cine, desde el Nosferatu de Murnau en 1922, pasando por Bela Lugosi, Christopher Lee (sin duda, el mejor intérprete) o el Nosferatu de Herzog de 1979, como el de su paisano Murnau, un verdadero poema visual, pero, para mi gusto, la mejor adaptación de la novela de Stoker, la de más rica escenificación, la que mejor capta el fondo a la vez horrendo y trágico del personaje, es sin duda ésta de Coppola. Un verdadero espectáculo.

La vuelta de tuerca. Empezaré por decir que este título se corresponde en realidad con el de la magistral novela de fantasmas de Henry James en que se basan las mil películas que sobre ella se han hecho. La mejor sin apenas discusión es una en blanco y negro que dirigió Jack Clayton en 1961, con una espléndida Deborah Kerr como protagonista, esa valiente y bondadosa institutriz zarandeada por el tétrico juego en que se ve metida. En inglés se tituló The innocents, y en español, Suspense, vaya usted a saber por qué.

Poltergeist (Tobe Hooper, 1982). Si no estuviera la anterior, sería sin duda la mejor película de fantasmas de la historia del cine. Escalofriante, espeluznantes sucesos en una casa como la tuya y la mía, con una preciosa niñita diciendo inocente y cantarina: "Están aquííí" y poniéndonos a todos los pelos de punta. Sabéis que Spielberg tuvo mucho que ver en el guión y tal vez en la dirección de alguna escena y sabréis, cómo no, lo de la maldición de esta película, la serie de hechos luctuosos que la rodean.

Un hombre lobo americano en Londres (John Landis, 1981). Paradójicamente, la mejor película que ha dado un monstruo tan acreditado como el hombre lobo es esta, que es más bien una parodia, en dura competencia con Aullidos (1981) y En compañía de lobos (1984), aunque esta en realidad es más bien una formidable ensoñación erótica. La que ahora nos ocupa a mí me encanta por su mezcla con el componente humorístico, que es genial, sin que esto signifique que el aspecto del terror esté mal. Amor, humor, horror y estupenda banda sonora.

REC (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 23 - XI - 07). Genial; ya nadie puede decir que los españoles no somos capaces de hacer buen cine de terror. Y muy recientita, ya veis, aún andará por alguna cartelera, así que, si queréis veros metidos en el mismo centro del horror, id a verla, y no digo más. P.S.: Ya esta por ahí la parte dos. No la he visto (aún) pero quienes sí lo han hecho me dicen que es bastante buena.

Noche de miedo (Tom Holland, 1985). Aunque también tiene sus sustitos, su mayor mérito es ser una buena y divertidísima parodia del cine de vampiros, que da para mucho. Aprovecho aquí para mencionar otra joya del tema: Kung fu y los siete vampiros de oro (1974), como su propio nombre indica, una inenarrable papilla de cine de terror y de artes marciales producida por la Hammer, pero que ya hubieran querido firmar Groucho Marx o Woody Allen.

Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979). Y es que Scott a veces hace películas buenas. En Alien se explota a las mil maravillas el recurso del horror que te acecha en la oscuridad o a la vuelta de la esquina, para saltar sobre ti cuando menos te lo esperas. Y por si faltaban criaturas sobrecogedoras en la opresiva nave Nostromo, por allí andaba también la teniente Ripley.

El exorcista (William Friedkin, 1973). Repita conmigo: "¿Has visto lo que ha hecho la cerda de tu hija?" No, así no, tiene usted que poner voz rasgada, de diablo malísimo. Entrar en la habitación de esa niña era entrar en el mismísimo infierno, también para el espectador, ese es uno de los grandes méritos de la película, sin perder de vista la perversa capacidad de manipulación en todos los sentidos que demuestra el maligno en esta historia de posesión. Un clásico que se basa en una novela de William Peter Blatty, quien, a su vez, se basó en un caso real, un exorcismo que una comunidad de franciscanos estadounidenses intentó con un adolescente que hacía cosas muy raras.

La profecía (Richard Donner, 1976). Una escalofriante película de muy sobria realización y nada menos que con Gregory Peck como protagonista. Por aquí también anda metido el diablo, y hace unas cosas que dejan chiquito al de El exorcista. Cuidado con la versión de hace unos pocos años, porque es bastante inferior.

Al final de la escalera (Peter Medak, 1979). También esta podría competir por la medalla de oro de las películas de fantasmas. Una historia tenebrosa que poco a poco va descubriendo el protagonista (encarnado por un sensacional George C. Scott) y un par de buenos sustos la acreditan como un clásico del cine de terror, aunque quizás no muy conocido.

House (una casa alucinante). Dirigida por Steve Miner en 1986, esta película garantiza escalofríos y carcajadas a partes iguales. La verdad es que el guión es casi un tebeo, recuerda las historietas de la revista Creepy (que aquí se llamó Vampus) que leíamos allá por nuestra adolescencia, pero es muy entretenida. Otro aliciente: el protagonista es William Katt, el que hacía de superman desastroso en El gran héroe americano.

El resplandor (Stanley Kubrick, 1980). Es curioso lo de esta película: en su época fue muy discutida: ya fuera por la realización de Kubrick, la historia de Stephen King o la interpretación de Jack Nicholson... Y sin embargo, cada uno de ellos es genial en lo suyo. Para mi gusto, la película es un tanto irregular, pero sea por lo que sea, como historia de terror funciona a las mil maravillas, sobre todo, cada vez que el protagonista o su hijo se quedan solos por alguno de los escenarios del hotel ese de mil demonios (nunca mejor dicho) en el que están medio encerrados. Quiero destacar algo que no sé si se habrá señalado mucho: la fabulosa interpretación de Shelley Duval. Por último, algo de lo que me enteré hace poco: el chiflado de Kubrick le hizo repetir cien veces una toma al niño de la peli. Para matar al señor director con el hacha de papaíto Jack.

El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999). A pesar de los bodrios perpetrados posteriormente por su director, esta película es muy recomendable. Me gusta bastante la interpretación que hace Bruce Willis. Y no digo más, porque, si hay una película que puedes cargarte si te vas de la lengua, es esta.

Abierto hasta el amanecer (Robert Rodríguez, 1999). Si usted quiere ver un desparrame vampírico, aquí está su película. Y si no ha tenido suficiente, entonces, váyase al videoclub y pida Vampiros (1999), de John Carpenter, y luego compare. En la de Rodríguez destaca sobre todas una escena en la que aparece Selma Hayek marcándose un bailecito con una pitón albina como bufanda: esa sí que está de miedo.

El baile de los vampiros (Roman Polanski, 1967). Clásico del cine de vampiros realizado en clave de parodia. ¿Que por qué es un clásico? Pues quizás, sobre todo, por la escena que le da título. Sabemos que Polanski hizo otra gran película de terror, La semilla del diablo (1968), una inquietante historia con intervención diabólica y repulsiva corte de fieles satanistas. Muy recomendable. La trágica historia posterior de Polanski, con el brutal asesinato de su esposa a manos del clan Manson, alimentó toda clase de leyendas.

La cosa (John Carpenter, 1982). Terminamos con otra del bueno de Carpenter. Esta historia está situada en una estación científica en la Antártida, la cual recibe la cordial visita de uno de esos entes extraterrestres que amenizan algunas cintas de terror. Es bastante eficaz, pero con un par de escenas un poco fuertes, lo advierto. Muy bien Kurt Russell, le van este tipo de historias.

En fin, hoy se me ha vuelto a ir la mano; espero al menos que, con alguna de estas diez películas, acabéis pasando una tarde de agradables escalofríos y gritos de espanto. ¿Qué? ¿Que no son diez? ¡Ah!, pues es verdad, me habré equivocado al contar, cada día me patinan más las neuronas.

Addenda de 2010: Añadiré a esta lista The ring (Gore Verbinski, 2002) que en español se tituló La señal, y que es una desasosegante historia de fantasma mediático con una magistral dosificación de los terroríficos acontecimientos. Los aficionados al género os preguntaréis cómo se me pudo pasar esta excelente película, así que os voy a decir por qué fue: vi antes en vídeo el original japonés en que se basa, Ringu (Hideo Nakata, 1998), que quizás sea una buena película, pero no podría decirlo, porque los primeros minutos son tan aburridos que la dejé al poco rato de empezar, y eso me quitó las ganas de ver la secuela. Que The ring se ha convertido en una película mítica lo prueba el hecho del montón de entradas que ha generado en YouTube. De entre estas, echad un vistazo a la titulada El tronco de Edgar y a sus diversas versiones, ¡la imaginación y la guasa que le echan algunos!



viernes, 12 de noviembre de 2010

ME COMUNICAN POR AQUÍ número 5 (12 de noviembre de 2010)

En el día de la fecha, me comunican por aquí los siguientes asuntos:


1.- ¿Qué hay de Sakineh? No es la primera vez que cito en esta garita el cuento de Villiers de de l'Isle Adam titulado "El tormento de la esperanza". Dicho de forma sucinta, ese famosísimo relato versa sobre la extrema y refinada crueldad de unos inquisidores que permiten que uno de sus prisioneros se escape sin saber que su fuga está absolutamente controlada, con el fin esencial de pillarle en el último instante para someterle al peor de los tormentos: el tormento de la esperanza. ¿Están los ayatollahs iraníes utilizando con Sakineh Mohammadi Ashtiani la misma táctica? No me extrañaría, porque, a fin de cuentas, los ayatollahs de hoy pertenecen al mismo gremio de nuestros viejos inquisidores. Digo todo esto por la anunciada ejecución de hace unos días, que, final y afortunadamente, no se produjo. De todos modos, y dicho sea con toda precaución, mi interpretación es otra mucho más optimista: que la presión internacional ha conseguido que el piadoso régimen de Ahmadineyah (que será fundamentalista, pero no es tonto) haya por fin comprendido que matar a Sakineh va a ser para ellos un pésimo negocio y, en consecuencia, hayamos entrado ahora en otra fase muy típica de los regímenes autocráticos: el haber convertido a esta persona en moneda de cambio para utilizarla a su conveniencia en cualquier transacción futura. Sea o no cierta esta hipótesis, hay que continuar exigiendo no ya que no se lapide a Sakineh, ni siquiera que los ayatollahs, en su infinita clemencia, le conmuten la pena por un civilizado y limpio ahorcamiento, sino que, sencillamente, se la ponga en libertad.

2.- España, país aconfesional.  Hace poquito más de un año, comenté aquí mismo una sentencia de la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo en la que se establecía que la presencia de crucifijos en las aulas violaba los derechos de libertad religiosa. Lo hice a propósito de una madre italiana que había sido sometida a un auténtico calvario (miren por dónde) por pedir lo exigible: que no hubiese crucifijos en el colegio de sus hijos. Y ahora resulta que, sin salir de este país nuestro tan democrático y tan ACONFESIONAL, me salta a la prensa un puchero en el que cocían las mismas habas. Cinco años y la intervención de la justicia ha necesitado Lorenzo Losada para que se quitasen los crucifijos del colegio público "Ortega Gasset" de Almendralejo, al que van sus hijos, cinco años en un país constitucionalmente aconfesional desde hace 32, ya tiene narices. Ojo: y solo se han quitado de las aulas de sus hijos y de los pasillos, una auténtica vergüenza. La hipocresía de nuestros poderes públicos y su laxitud para todo lo que implique principios democráticos es vomitiva, como podéis comprobar viendo cómo el señor Vara se evade de su obligación de gobernante (que es ni más ni menos que no consentir que haya símbolos religiosos en los centros públicos) y deja la puerta abierta a que salgan mamás creando jurisprudencia y diciendo memeces acerca de si eso debería quedar al arbitrio de los gustos de la zona. Con esa filosofía, ¿a qué caos caprichoso llegaríamos? No hace falta imaginarlo, que ejemplos reales nos sobran en España, gracias, precisamente, a que quienes deberían dejar las cosas claras y hacer cumplir la legalidad se inhiben como el presidente de la junta extremeña. Y no es el único caso; en Valladolid se produjo uno parecido, impulsado por un ciudadano llamado Fernando Pastor. A este señor, en una noticia de Internet, he visto cómo se le acusaba de ser próximo a Batasuna: tendría delito que la pasividad de gobiernos y administraciones hubiera dejado la defensa de la aconfesionalidad del estado en manos de simpatizantes batasuna. Sea cierto o no, lo que sí es patente es esto: que tanto él como Losada han quedado a merced de una verdadera lapidación pública: es lo que sucede cuando políticos cobardes como el señor Vara dejan la defensa de las leyes que sería de su competencia en manos de particulares dispuestos a jugarse el tipo por los principios democráticos. Si tenéis tiempo y ganas, meteos en foros y revistas y ved lo que se ha dicho por ahí contra Losada: espeluznante. ¿Qué será lo que esté aguantando ahora en una localidad no demasiado grande como Almendralejo? Sea lo que sea, se lo tendrá que agradecer a su compañero de partido Guillermo Fernández Vara. Y mientras los gobernantes socialistas hacen estas cosas, el papa viene a España y dice lo que dice.
3.- A vueltas con Jesús Eguiguren.- Ya andaréis flojos de paciencia, así que no diré demasiado acerca de este señor: ¿qué le pasa? ¿A qué juega? ¿El PSOE negocia con ETA y sus aliados o no lo hace? Si es verdad que no lo hace, ¿por qué no expulsa fulminantemente a Eguiguren del partido?


Y no habiendo más asuntos que comunicar, se cierra el ME COMUNICAN POR AQUÍ número cinco en Madrid a doce de noviembre de 2010, día de san Josafat.

sábado, 6 de noviembre de 2010

La visita del papa

Suelen dejarme indiferente las visitas de los papas a nuestro país y los festivales que se montan alrededor, pero esta vez me chocan algunas cosas:

-Que los telediarios lleven días diciendo que esta visita será vista por 150 millones de televidentes, ante cuyos ojos se pondrán las ciudades de Barcelona y Santiago, con sus muchas virtudes. Ya se sabe, el turismo, la imagen y todo eso: ¿es que los medios -en especial los estatales- se ven obligados a dorarnos la pildorita con el oro del famoso becerro bíblico? ¿Por qué? ¿Quién anda con mala conciencia?

-Jamás se ha visto un despliegue mayor de seguridad y con tantas molestias a los ciudadanos que viven en sus casas de siempre. A algunos los están tratando como a sospechosos, una pasada.

-Un jefe de estado viene metiendo las narices en la libertad de pensamiento de la gente del país que visita. Y esto es lo habitual cada vez que viene un papa. ¿Quiénes se han creído que son? Deberían ser más cautos y respetuosos: algunos aún recordamos la imposición ideológico-religiosa que la iglesia practicó durante el nacional-catolicismo.

-Otra falta de cautela: ¿cómo se le ocurre al papa mencionar la España de los años 30? ¿Acaso cree que por el lado de los que se proclamaban creyentes aquella época fue todo dulzura? ¿Es que no sabe que el comportamiento de la iglesia y de algunos cristianos de entonces le daría razones para estar calladito? ¿Es que no sabe que un antecesor suyo se dedicó a bendecir cañones? ¿Qué pasa con los asesores de su santidad, que desconocen la historia, que nos toman por idiotas o que se ejercitan en la soberbia, que es el mayor pecado? ¿A qué viene esta provocación gratuita en un tema tan sensible? 

-¿Es cierto eso que dice El País de que hoy, que, a la llegada del avión del papa a Santiago, los guardias civiles y los policías agitaban banderitas? ¿Hemos perdido la sensatez? ¿Hemos retrocedido 50 años en la historia? ¿Hemos olvidado que este es un país aconfesional?

-Y el gobierno (que, por cierto, parece ser que por estos días ha aparcado el proyecto de ley de libertad de culto, que disgustaba a los obispos), ¿qué hace? ¿Que piensa? ¿Qué dice? ¿Va a mantener un decoro mínimo y nada cosotoso o todavía vamos a acabar viendo a Zapatero y a Rubalcaba con mantilla?

viernes, 5 de noviembre de 2010

Literatura oriental

Este artículo se publicó en Mi blog difunto el 27 – I - 09

Por estos días estoy leyendo Nieve, de Orhan Pamuk, autor que ya era famoso antes de ganar el premio Nobel en 2006. Por cultura, por historia y por geografía, pienso que Turquía es un país que tiene mucho de oriental, aunque por otras muchas razones mire inequívocamente hacia Occidente, de modo que este hecho me ha hecho reflexionar sobre algunos buenísimos libros de autores orientales que he leído en los últimos (o no tan últimos) años y se me ha ocurrido que tal vez sería interesante hacer un par de comentarios sobre ellos. Empezaré con Nieve, que es un libro publicado en Alfaguara y que me está resultando interesantísimo. No voy a cometer la torpeza de contar de qué trata, pero sí daré algunos retazos. El autor crea un ambiente al mismo tiempo claustrofóbico y de mágico alejamiento que tiene atrapados a los personajes y de paso secuestra también al lector. Uno de sus trasfondos es precisamente esa dualidad oriental/occidental que caracteriza a Turquía y que he mencionado antes. Como ocurre con muchos autores de tradición islámica, en la prosa de Pamuk hay marcados rastros de lirismo que, al contrario de lo que pasa con otros, constituyen una de sus virtudes.

Vamos ahora con Mapas para amantes perdidos (Alfaguara), de Nadeem Aslam. Es un libro fascinante en el que el autor (que tardó doce años en escribirlo), miembro de la comunidad paquistaní residente en el Reino Unido, cuenta una historia que entrevera sordidez y lirismo (al lector no acostumbrado, pueden aburrirle sus minuciosas descripciones, también muy orientales) que refleja los conflictos de esa comunidad con su entorno occidental y con su origen oriental, con su identidad dividida, con su cultura entre dos mundos... Un libro bonito y aleccionador.

Paso ahora a un libro que venero: El dios de las pequeñas cosas (Anagrama), de Arundathi Roy, autora india que no se tomó doce años en escribir su libro, se tomó... ¡veinte! Un consejo: si piensa leerlo, aguante las cincuenta o setenta primeras páginas, en las que tendrá la sensación de no enterarse de nada, porque después las cosas se van aclarando y toma forma una narración bella y compleja. Y no digo más, salvo una cosa: como el anterior, este es un libro que suele gustar mucho a las mujeres.

El siguiente que tengo apuntado es de un autor que maldita la necesidad que tiene de que yo le haga propaganda: el japonés Yukio Mishima. Este verano, por leer algo suyo, me saqué de la biblioteca Confesiones de una máscara, un libro que este autor escribió con 22 ó 23 años, lo cual no le impide ser extraordinario por dos razones (por lo menos): la limpieza de su estilo y la forma natural y directa con que Mishima aborda asuntos muy escabrosos que atañen a su propia persona, pues el libro es una autobiografía de alguien que, a pesar de sus escasos años, ya acumulaba una rica experiencia vital. Y esas cosas, algunas, bastante fuertes, Mishima las cuenta en el superconservador Japón de después de la guerra. Lo leí en una edición de esas que hacen los periódicos, creo que de El País.

Mencionaré ahora una auténtica rareza, La ciudad inicua, de Muhammad Kamil Husayn. Este libro lo leí por primera vez a mediados de los setenta, y más o menos por aquellas fechas debió de publicarlo el Instituto Hispano Árabe de Cultura, venerable entidad que no sé si seguirá existiendo. Es, en esencia, una escenificación de los últimos momentos de la vida de Jesucristo que presenta la visión musulmana de su pasión y muerte. Por aquellos años me impresionó bastante, aunque, en una lectura que hice siendo ya más mayorcito, no tanto. Me temo que hoy en día debe de ser un libro entre dificilísimo e imposible de encontrar.

Y ya que va de libros viejos, he aquí otra joya: Kwaidán, de Lafcadio Hearn, número 217 de la colección Austral, de 1962, tapas en azul (en la edición que yo tengo). Es una colección de cuentos tradicionales japoneses (los kwaidán), algunos de ellos realmente extraordinarios, que nos dan a veces una visión de la sensibilidad tan distinta a la nuestra que tienen por aquellos pagos. Otra particularidad de este libro: que yo conozca, es el libro más antiguo en español al alcance de los mortales que incluye una explicación y una antología sobre los haikus, ese curioso género de micropoemas japoneses que aquí empezaron a ponerse de moda allá por los años noventa.

Un rinconcito para uno de los grandes borrachos de la humanidad: el persa Omar Jayyam. De su famoso libro, Las rubaiyyat, leí hace tiempo una edición publicada por Losada, si no recuerdo mal, en la que se traducían así unos de sus más famosos versos: "Desvía tus pasos / de todo camino / que no te lleve / a la taberna", dichos en la Edad Media por alguien que vivía entre musulmanes, con un par. Actualmente, esta obra ha sido publicada por Hiperión. Una curiosidad: en el floreciente Islam de la Edad Media, hubo otro grandísimo poeta y grandísimo beodo a la altura de Omar Jayyam: Abu Nuwas, que creo recordar que era sirio, pero no conozco ninguna traducción de su poesía al español.

Finalizaré esta mini-antología con una occidental: la belga Amélie Nothomb, joven escritora de la que algunos destacan su descaro, el cual se corrobora en el libro que voy a citar: Estupor y temblores (editorial Quinteto), en el que narra su experiencia en Japón, en una etapa de su vida en la que fue a trabajar a aquel país. Por lo visto, el relato se ajusta bastante a unos sucesos reales y en él se ve que a la pobre Amélie se lo hicieron pasar bastante mal. Ahora bien, su venganza fue terrible: un libro desmitificador, borde y capaz de corroer hasta el acero galvanizado. Y también, eso sí, divertidísimo.